¿Es la fidelidad sólo una promesa?

El último café filosófico del 2011 en el Forum de Fnac Castellana en Madrid giró en torno al tema de la fidelidad.

Hay distintas formas de fidelidad: a un equipo de fútbol, a un partido, a un país o a unas ideas. Vimos lo que hay de común en todas esas fidelidades: el sentimiento de pertenencia y la elección del vínculo. Pero cuando se nombra la palabra fidelidad lo primero que nos viene a la mente es la (in)fidelidad conyugal y concretamente la que tiene que ver con el sexo.

La fidelidad es un concepto cuya traducción a nuestro comportamiento es  escurridiza y por eso necesitamos definirla en el seno de las relaciones, cambiantes en el tiempo y según la cultura. Vimos que, si bien hay un modo socialmente preponderante de entender la fidelidad (que en nuestra sociedad proviene de la cultura judeocristiana) cada vez más las personas intentan pactar sus propias reglas de compromiso.

Algunos de los presentes se mostraron escépticos ante la eficacia de esos pactos individuales porque, por un lado, no se puede prever cada detalle del porvenir de una relación y porque, sobre todo, el telón de fondo del concepto social de fidelidad nos condiciona sin remedio. Así el pacto entre dos individuos resultaría frágil frente a los hábitos sociales pero sin embargo veremos como éstos son cambiantes comparado con la fijeza de la necesidad sexual.

Para alguno la fidelidad en la pareja es el sometimiento del individuo, con  el sacrificio de su instinto, en beneficio de una forma de supervivencia de la prole. Freud ya lo denunció en su momento como castración monstruosa, instaurada a presión gracias a la moral, llegando a crear lo que él llamó el malestar en la cultura. Y comprobamos que lo que resulta  innegable de esta tesis es que una prohibición solo se puede referir a algo que uno desea hacer, cuando hay prohibición es porque la gente desea hacerlo.

En el polo opuesto vimos como la fidelidad puede llegar a entenderse como una experiencia de compromiso con la verdad ante el otro. Postura que cuenta con que la elección de los términos del pacto en la pareja responde al respeto a un proyecto en común que requiere solidez, la unión de todas sus energías puestas a favor de éste. Y vimos cuán sólida tendría que ser una pareja que sobreviviera a la no exclusividad en cuestión de sexo, incluso habiéndolo pactado, dado que lo que tiene sentido en una promesa a veces se hace muy difícil de cumplir, sobre todo aguantar el dolor de verse sustituido. Pero también vimos como en una pareja en la que el vínculo afectivo se va  haciendo fuerte, la parte instintivo-sexual va cobrando menos importancia, tanto para buscar sexo fuera de la pareja como para que una infidelidad dé al traste con el matrimonio. Y es que juega a favor del buen entendimiento el hecho de que el aprendizaje por la experiencia de vida te permite ser más flexible con los sucesos y  con las expectativas.

En otro registro totalmente diferente, un asistente nos dice cómo la experiencia de vergüenza ajena que ha tenido cuando ha visto situaciones patentes de infidelidad le hizo pensar en la importancia que tiene que la infidelidad sea conocida por los demás. Evitar esto, dirá,  se hace crucial para no dar pie a un sufrimiento inútil: “Si la infidelidad es conocida solo por mí es como si no existiera porque no se produce la única consecuencia importante que es el dolor del otro”. Y es que en una pareja estamos jugando al mismo juego pero a menudo cada uno con sus normas. Y quizás habría que pensar que el intento de ponerlas en común conlleva muchos malos entendidos, cuando no falsedades, ilusiones o ingenuidades que en realidad complican más que aclaran.

Ante la acusación de que este discurso se mueve en la incomunicación y la falta de transparencia, él defenderá que lo más importante es preservar al otro de un dolor inútil.

Finalmente vemos que en pura lógica no se podría estar hablando de infidelidad a menos que ésta se dé en una relación en la que haya habido un compromiso formal. Y sin embargo más allá de la ruptura de cualquier tipo de “contrato”, más o menos expreso, más o menos formal, lo que realmente enciende todas las alarmas es que nos sentimos heridos en nuestros sentimientos. Y ese sentirse heridos es lo que termina afectando a cualquier otro aspecto de la relación: familia, convivencia y economía compartida, hasta vaciarlos de sentido. Otros lo ven desde una perspectiva opuesta: la relación matrimonial tendría que poder sobrevivir a la infidelidad sexual porque ésta no debería estar condicionando al afecto, y menos a la convivencia y la organización familiar.

Son visiones que muy habitualmente se corresponden con la femenina y la masculina y sin embargo detectamos que son dos posturas a las que hoy en día se adhieren indistintamente hombres y mujeres.

Os aconsejamos lecturas relativas al tema de la (in)fidelidad

Madame Bovary, de Gustave Flaubert

El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence

Seda,  de Alessandro Baricco

Anna Karenina de León Tolstoi

Y Películas:

Los puentes de Madison, de Clint Eastwood

Match Point, de Woody Allen

Las amistades peligrosas, de Stephen Frears

El piano, de Jane Campion

Por Mercedes García Márquez.

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¿Qué sabemos de nuestras emociones?

El pasado martes 13 de diciembre de 2011 tuvo lugar un nuevo encuentro de Filomanía en el Centro de Arte de Alcobendas, tomando como tema de nuestra reflexión las emociones.

Con el fin de comenzar por el principio, asistidos por textos de D. Hume y de I. Kant se planteó en primer lugar el reto de determinar si las emociones son un tipo de experiencia individual y subjetiva o si, por el contrario, existía algún elemento compartible en las emociones. Las primeras respuestas se situaron en torno a la subjetividad de las emociones. Sin embargo, la reflexión continuó poniendo en duda esa primera intuición colectiva. Así, si bien parecía necesario asumir una base subjetiva en la experiencia de las emociones, el hecho de que sean comunes a todas las personas una parte importante de los estímulos exteriores que son causa de nuestras emociones sean (que todos tengamos una reacciones emocionales ante las mismas situaciones, pese a que dichas reacciones sean subjetivamente diferentes), planteaba otro interrogante adicional: ¿por qué nos emocionamos ante los mismos estímulos?

Como sucedió también en nuestro anterior encuentro sobre la batalla de los sexos, las primeras respuestas a este interrogante se situaron en la línea de intentar discriminar los factores biológicos y los culturales. Si toda emoción es respuesta a un estímulo externo, ¿es esa respuesta biológicamente determinada o culturalmente aprendida? Ambas posibilidades daban una posible respuesta a nuestra anterior pregunta: por una parte, desde una perspectiva biológica, estaríamos evolutivamente condicionados a responder emocionalmente (miedo, placer, dolor…) ante estímulos primarios como el peligro o la necesidad de alimentarnos, reproducirnos, etc. Por otra parte, desde una perspectiva culturalista habríamos aprendido a reaccionar emocionalmente ante ciertos estímulos asociados a la vida en sociedad (por ejemplo, a experimentar colectivamente como agradable o desagradable determinadas situaciones).

A pesar de la inicial confrontación de estas dos perspectivas, en esta ocasión se valoró la posibilidad de que ambos posicionamientos no entrasen en contradicción, llegándose a reconocer que podrían incluso ser perspectivas complementarias. En cualquier caso, debíamos ahora cuestionarnos por aquella facultad o habilidad que nos permitía hacer que algo tan individual como las emociones pudiera ser comunicado y compartido (que pudiésemos hacer comprender a otros nuestra alegría, nuestro dolor; nuestro frío, nuestro calor…). La hipótesis barajada fue la de la existencia de algún elemento común a todos los hombres y mujeres, como por ejemplo cierta capacidad empática, o una inteligencia emocional capaz de hacer intersubjetivo lo radicalmente individual.

Asimismo nos preguntamos acerca de la posibilidad de que esas habilidades nos permitiesen no sólo experimentar en común las emociones, sino también reconocerlas, darles nombre y, adicionalmente, controlarlas. Asumiendo que sólo es posible dominar aquello que identificas, resultaba necesario, por tanto, que fuéramos capaces de diferenciar unas emociones de otras, tanto colectiva como individualmente, como paso previo a evitar dejarnos llevar por ellas. Surgió así un último debate en torno a la conveniencia del control de las pasiones, explorando tan sólo tentativamente, aunque asistidos por fragmentos de Platón y Epicuro, una cuestión tan compleja como el equilibrio emocional y sus implicaciones morales. La cuestión quedó abierta no sólo reto para seguir reflexionando, sino como tema de nuestro próximo encuentro.

Por Ángel Carrasco Campos.

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Consideraciones sobre las emociones (Kant)

“Cuando una determinación del sentimiento de placer o de dolor es llamada sensación, significa esta expresión algo muy distinto de cuando llamo sensación a la representación de una cosa (por los sentidos, como una receptividad perteneciente a la facultad de conocer), pues en este último caso, la representación se refiere al objeto, pero en el primero, sólo al sujeto, sin servir a conocimiento alguno, ni siquiera a aquél por el cual el sujeto se conoce a sí mismo.

Pero entendemos en la definición anterior, bajo la palabra sensación, una representación objetiva de los sentidos; y para no correr ya más peligro de ser mal interpretado, vamos a dar el nombre, por lo demás usual, de sentimiento a lo que tiene siempre que permanecer subjetivo y no puede de ninguna manera constituir una representación de un objeto. El color verde de los prados pertenece a la sensación objetiva, como percepción de un objeto del sentido; el carácter agradable del mismo, empero, pertenece a la sensación subjetiva, mediante la cual ningún objeto puede ser representado, es decir, al sentimiento, mediante el cual el objeto es considerado como objeto de la satisfacción (que no es conocimiento del objeto)”.

Kant en Crítica del Juicio

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Consideraciones sobre las emociones (David Hume)

“La noción de moral implica algún sentimiento común a toda la humanidad, que recomienda el mismo objeto a la aprobación general y hace que todos los hombres, o la mayoría de ellos, concuerden en la misma opinión o decisión sobre él. Implica también algún sentimiento tan universal y comprensivo como para abarcar a toda la humanidad y convertir las acciones y conductas, incluso de las personas más alejadas, en objeto de aplauso o censura según estén de acuerdo o en desacuerdo con esa regla de lo correcto que está establecida. Estas dos circunstancias imprescindibles pertenecen únicamente al sentimiento de humanidad sobre el que aquí se está insistiendo. Las otras pasiones producen en cada pecho muchos sentimientos poderosos de deseo y aversión, afecto y odio; pero ni se sienten tan en común, ni son tan comprensivas como para ser el fundamento de algún sistema general y teoría sólida de la censura o aprobación”.

David Hume en Investigación sobre los principios de la moral

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Filomanía en Alcobendas: La Moral

“No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”. Karl Marx

Nos volvemos a reunir en el Centro de arte Alcobendas para continuar con nuestros cafés filosóficos reflexionando en grupo.

Os esperamos el martes 10 a las 19h. para filosofar sobre la moral.

¡No os lo perdáis!

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Enero en Barcelona: ¿Qué entendemos por una pareja sana?

“Ouida amaba a Lord Lytton con un amor que convirtió la vida de él en un infierno”. Oscar Wilde

Te invitamos a reflexionar sobre las relaciones de pareja, que compartas tus experiencias y opiniones disfrutando de un sabroso café este jueves a las 19h en el Forum Fnac L’Illa.

¡No te lo pierdas!

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