La Civilización Empática, Jeremy Rifkin

Jeremy Rifkin y su tesis acerca de la Civilización Empática que nos hace pensar en la importancia de la empatía como respuesta esencial en el mundo moderno. La carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis.

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Thomas Hobbes: el hombre no es un animal político por naturaleza

La mayor parte de los que han escrito sobre las repúblicas suponen que el hombre es un animal político, nacido con una cierta disposición natural a la sociedad. Pero si consideramos más de cerca las causas por las cuales los hombres se reúnen en sociedad, pronto aparecerá que esto no sucede sino accidentalmente y no por una disposición especial de la naturaleza.

Thomas Hobbes en De cive, I,1,2.

Hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia: primera, la competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria. La primera causa impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la segunda para lograr seguridad; la tercera para ganar reputación. [...] Con todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos.

Thomas Hobbes en Leviatán

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John Locke: el inicio de la sociedad política

La única  manera por la que uno renuncia a su libertad natural y se sitúa bajo los límites de la sociedad civil es alcanzando un acuerdo con otros hombres para reunirse y vivir en comunidad, para vivir unos con otros en paz, tranquilidad y la debida comodidad, en el disfrute seguro de sus  propiedades respectivas y con la mayor salvaguardia frente a aquellos que no forman parte de esa comunidad. Esto lo pueden realizar un número de hombres cualesquiera, porque en nada perjudica a la libertad de los demás, a los que se deja en el estado de naturaleza en que se encontraban. Cuando un grupo de hombres ha llegado a un consenso para formar una comunidad o gobierno, se incorporan en el acto al cuerpo político que conforman ellos mismos, en el que la mayoría adquiere el derecho de actuar y decidir por los demás.

En efecto, cuando unos cuantos hombres han constituido una comunidad,  mediante un acuerdo de cada uno de los individuos, han hecho de esa comunidad un solo cuerpo con poder para actuar como tal cuerpo unido, lo que se lleva a cabo únicamente a través de la voluntad y  determinación de la mayoría. [...] En consecuencia, vemos que en las asambleas con poder para fijar el número, el acto de la mayoría pasa por ser el acto de la totalidad y, por supuesto, sus resoluciones son definitivas, pues se entiende, por ley natural y racional, que cuenta con el poder de dicha totalidad.

Y así, cada hombre que consiente reunirse con otros y formar un cuerpo político bajo un gobierno se pone a sí mismo bajo obligación, ante todos los miembros de esa sociedad, de someterse a la determinación y resoluciones de la mayoría. De otro modo, el pacto originario, por el que tanto él como los demás se incorporan a una sociedad, no tendría ningún significado.

John Locke en Segundo ensayo sobre el gobierno civil, VIII, n. 95-97

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Aristóteles: formas de gobierno

De los gobiernos unipersonales, solemos llamar monarquía a la que mira al interés común; al gobierno de unos pocos, pero más de uno, aristocracia, sea porque gobiernan los mejores, o porque se propone lo mejor para la ciudad y para los que pertenecen a ella; y cuando es la masa la que gobierna en vista del interés común, el régimen recibe el nombre común a todas las formas de gobierno: república; y con razón, pues un individuo o unos pocos pueden distinguirse por su excelencia; pero un número mayor es difícil que descuelle en todas las cualidades; en cambio, puede poseer extremadamente la virtud guerrera, porque ésta se da en la masa. Por ello, en esta clase de régimen el poder supremo reside en el elemento defensor, y participan de él los que poseen las armas. Las desviaciones de los regímenes mencionados son: la tiranía de la monarquía, la oligarquía de la aristocracia, la democracia de la república. La tiranía es, efectivamente, una monarquía orientada hacia el interés del monarca, la oligarquía busca el de los ricos, y la democracia el interés de los pobres; pero ninguna de ellas busca el provecho de la comunidad.

Aristóteles en Política, I. III, cap. 7, 1279a-1279b

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Subjetividad: Coherencia, Contradicción y la Idea del Yo

Coherencia

Propiedad de un conjunto de enunciados o de creencias en el que cada enunciado o creencia es consistente (compatible) con el resto. Lo contrario es la incoherencia o la inconsistencia.

Diccionario Herder de filosofía

Contradicción

Género de oposición que existe entre afirmaciones incompatibles o inconsistentes (…). La contradicción, u oposición contradictoria, se da entre enunciados de los cuales uno es la negación del otro.

Diccionario Herder de filosofía

Principio de no contradicción

Una de las leyes del pensamiento tradicionales, cuya formulación ontológica es: ´Una cosa no puede ser ella misma y su contrario, en el mismo aspecto y en el mismo momento”; mientras que su formulación lógica es: ´Es imposible que un enunciado sea a la vez verdadero y falso”.

Diccionario Herder de filosofía

Aristóteles: no es posible afirmar cosas contrarias de lo mismo

Pero ¿cuál es este principio? Es el siguiente: es imposible que el mismo atributo pertenezca y no pertenezca al mismo sujeto, en un tiempo mismo y bajo la misma relación.

Aristóteles en Metafísica, IV, 3

David Hume: el yo

Algunos filósofos se figuran que lo que llamamos nuestro yo es algo de lo que en todo momento somos íntimamente conscientes; que sentimos su existencia, y su continuidad en la existencia, y que, más allá de la evidencia de una demostración, sabemos con certeza de su perfecta identidad y simplicidad (…). No existe prueba derivable de un hecho de la que podamos ser tan íntimamente conscientes, ni queda nada de que podamos estar seguros si dudamos de nuestro propio yo.

Desgraciadamente, todas esas afirmaciones son contrarias a la experiencia misma abogada en su favor; no tenemos idea alguna del yo de la manera que aquí se ha explicado. En efecto, ¿de qué impresión podría derivarse esta idea? (…) Tiene que haber una impresión que dé origen a cada idea real. Pero el yo o persona no es ninguna impresión, sino aquello a que se supone que nuestras distintas impresiones e ideas tienen referencia (…), Dolor y placer, tristeza y alegría, pasiones y sensaciones se suceden una tras otra, y nunca existen todas al mismo tiempo.

David Hume en Tratado de la naturaleza humana

Manuel Cruz: la idea del yo

“Cuando alguien afirma su identidad lo hace al mismo tiempo para sí y frente a los otros (…). El individuo está obligado a mantener su identidad tanto en la dimensión vertical de su biografía (“en su tránsito por los diversos estadios, a menudo contrarios, de su vida”, dice Habermas), como en la dimensión horizontal , es decir, en la simultánea reacción frente a diversas estructuras de expectativas. Está obligado, entiéndase, para asegurar la continuidad y la consistencia en el cambio de sus circunstancias personales y a través de sus variables posiciones en el espacio social. La identidad es, pues, un imperativo de lo que hay. Aquello que nos permite hablar en primera persona en cualesquiera situaciones y momentos (…). Los hombres deciden la calidad de sus máscaras”

Manuel Cruz en Tiempo de subejtividad

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Nieztsche: el pastor y la serpiente

Y en verdad lo que vi no lo había visto nunca. Vi a un joven pastor retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro descompuesto, de cuya boca colgaba una pesada serpiente negra.

¿Había visto yo alguna vez tanto asco y tanto lívido espanto en un solo rostro? Sin duda se había dormido. Y entonces la serpiente se deslizo en su garganta y se aferraba a ella mordiendo.

Mi mano tiró de la serpiente, tiró y tiró: – ¡en vano! No conseguí arrancarla de allí. Entonces se me escapó un grito: “¡Muerde! ¡Muerde!

¡Arráncale la cabeza! ¡Muerde!” – este fue el grito que de mí se escapó, mi horror, mi odio, mi nausea, mi lastima, todas mis cosas buenas y malas gritaban en mí con un solo grito. –

(…)

- Pero el pastor mordió, tal como se lo aconsejó mi grito; ¡dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la serpiente: – y se puso de pie de un salto. -

Ya no pastor, ya no hombre, – ¡un transfigurado, iluminado, que reía! ¡Nunca antes en la tierra había reído hombre alguno como él rió!

Oh hermanos míos, oí una risa que no era risa de hombre, – - y ahora me devora una sed, un anhelo que nunca se aplaca.

Mi anhelo de esa risa me devora: ¡oh, como soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaría el morir ahora!-

Así habló Zaratustra.

F. Nietzsche en Así habló Zaratustra

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