El fracaso

Al final de la sesión anterior, que  dedicamos a la reflexión sobre la dificultad en tomar decisiones, pensamos en darle continuidad indagando en lo que significa el fracaso, ya que habíamos visto que la constatación del error asociado a una decisión propia es lo que hacía que decidir fuera a menudo evitado o pospuesto. Vimos que era frecuente “dejar a la vida” que decida por ti porque es un modo de no ser tan responsable del posible fracaso.

Arrancó la sesión con nuestro intento de caracterizar el fracaso y vimos que éste tiene lugar allí donde hay expectativas, y que la vivencia es de una pérdida de algo que aún no tienes pero que esperabas tener,  a veces incluso lo dabas por hecho.

Vimos que las expectativas son tanto las propias como las que  otros tienen sobre ti. Y esto nos llevó a detectar que ambas tienen diferentes efectos ya que uno puede ser tenido por fracasado con respecto a estándares convencionales y sin embargo la percepción propia puede en algunos casos la contraria,  es decir de superación con respecto a un estado anterior. Seguimos viendo que sólo tenían sentido las expectativas razonables, es decir con respecto a objetivos alcanzables, ya que las expectativas exageradas son generadoras de un fracaso seguro, de antemano, y vimos cómo el fracaso no solo varía dependiendo de la perspectiva que le apliques sino también del ánimo con que lo sopeses y así resulta que el pesimista “fracasa” más que el optimista.

Vimos cómo el  motivo por el que  el fracaso sienta  mal es que pone en evidencia tus limitaciones. Y eso escuece de primeras aunque luego podamos abordarlo inteligentemente y, tras la comprensión de lo ocurrido, podemos terminar reconciliándonos con nuestra limitación o buscar el modo de superarla.

Nuestra intención de ahondar en una visión realista del fracaso nos obligaba una y otra vez a no escapar a la consideración de que el fracaso es doloroso y que sin duda no obtener ciertos resultados (el ejemplo más claro es el del fracaso escolar) te cierra posibilidades de evolución futuras, pero en cada giro del diálogo aparecía una dimensión positiva: el fracaso se vive con disgusto porque algo se rompe, una expectativa se trunca, incluso un camino se ciega, pero el camino nuevo por el que va a transcurrir la vida tiene sus frutos y a veces, con la suficiente perspectiva y el necesario olvido de lo doloroso,  uno hasta da las gracias por aquél fracaso que dio  paso a un camino no buscado. Nos encontramos con la paradoja de que lo que diseñamos para nuestra vida a veces no es lo que más nos conviene.

Una distinción nos aclaró más sobre el fracaso: no hay que confundirlo con el error; cometer un error no es un fracaso lo que sí es un fracaso es no aprender de él. Y especialmente lo es cuando eso pasa  continuamente, cuando una y otra vez uno no aprende. Se puede decir que por definición un fracaso te sienta mal, pero el aprendizaje que se puede dar con ocasión de haber experimentado una realidad, por dura que sea,  le superpone algo positivo que te alivia y te libera. Es necesario hacer un duelo porque hay una pérdida, pero también es necesario no gastar el tiempo en culpabilidades.

Alguien aporta la idea de que visto con una perspectiva total y global, la balanza de la vida aparece muy compensada entre fracasos y éxitos, la vida es cambio y por tanto unos y otros se suceden casi sin remedio.

Finalmente reflexionamos sobre el hecho de que “antes” no había tantas exigencias de realización personal. En estos tiempos se puede decir que más que un horizonte, la felicidad es una obligación y esto, como vimos con respecto a las expectativas, lo que propicia es un mayor número de ocasiones en las que uno se ve fracasado.

Por Mercedes García Márquez

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¿Por qué recurrimos a los tópicos en la comunicación con los demás?

Iniciamos en septiembre nuestra quinta temporada de Café Filomanía Madrid en el Forum de FNAC Callao. Afuera, en la calle Preciados, se pueden disfrutar las más variadas manifestaciones del ingenio, desde las esculturas humanas a la mezzo-soprano asiática, pasando por el grupo musical y el charlatán cuentista. De camino pienso si no se entenderá la filosofía como una actividad más dentro del mundo variopinto de la expresividad humana, me impresiona la idea de encontrarme con la necesidad de defender la seriedad y la trascendencia de una disciplina que es todo un compromiso con la propia vida, lo opuesto a un producto de consumo.

Nos reunimos unas veinte personas. Arrancamos la sesión con la invitación a compartir la experiencia que tengamos sobre los tópicos. Entre todos vamos tejiendo el perfil del tópico: etiquetado, lineal, recurrente, lo fácil, falta de implicación, no proviene de una vivencia,  idea general asumida por la generalidad, te hace no sentir aislado,  es una imposición, producto de la pereza mental, es decir,  producto de no enfrentarse a las cosas con las propias fuerzas del pensamiento.

Hago un pequeño experimento: con una frase hecha muy popular “el que se pica ajos come”  les hago decir lo que significa; salen a relucir tres interpretaciones distintas. Es curioso, los lugares comunes podrían no ser más que una ilusión de comunidad.

En adelante abordaremos dos tópicos; en primer lugar la expresión “Sé tu mismo”, más adelante la frase tan oída de “Todas las ideas son respetables”.

Para “Sé tu mismo” hay división de opiniones unos dicen que si se da en una conversación profunda puede tener un sentido muy oportuno y muy preciso. Otros dicen que es una expresión que se ha puesto de moda y que se dice sin ton ni son, tanto que es “frase comodín” en las tarjetas de felicitación de cumpleaños.

Abordamos el otro ejemplo de tópico “Todas las ideas son respetables”… es la viva expresión de lo políticamente correcto, también de cierto ánimo tolerante y educado y uno de los presentes recordará que adquiere todo su resonancia histórica con el advenimiento de las democracias. No le falta razón, la retórica política tiene mucho que ver con esa afirmación. Nos va a dar mucho juego la frase, resulta que nos sirve para asegurarnos que los demás respetan nuestras ideas, también nos sirve para no seguir hablando en una discusión que se complica y finalmente nos sirve para hacer ver que aceptamos al otro aunque sólo sea mientras solo hable y no actúe. De está última aseveración se derivará un recorrido por la distancia o proximidad de las palabras y los actos de uno, del valor de las palabras y los actos por separado, y del valor de la coherencia personal. Algunos dirán que los actos dicen más verdad que las palabras que los preceden, otros recalcan que también los actos pueden ser falsos y otros defienden la palabra (en particular la escrita en un libro publicado) independientemente de la persona que la produce. Les invito a pensar cada cosa por separado pero luego a dar una vuelta de tuerca más y de relacionar todo ello y de posicionarnos valorando unas cosas más que otras, operación ésta comprometida con el mundo y alejada de la emisión de tópicos.

Por Mercedes García Márquez

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¿Somos conscientes de nuestras contradicciones?

Se dio un aluvión de buenas ideas, tocando muchos aspectos, la verdad es que me vi superada por tanta creatividad, me fue difícil “poner orden” pero no puedo negar que resultó divertido y vital.

Hacemos una ronda en la que se manifiestan las posiciones:

Hay quien manifiesta que no soporta la contradicción de manera visceral  y hay quien tiene asumido que es una persona contradictoria. Se da pues la paradoja de que se puede dar una relación pasional con la racionalidad y al contrario una relación razonable con la irracionalidad.

Asumir que se es contradictorio pasa por conocer las propias tendencias a lo largo de los años y aceptarlas como inevitables, algo a lo que se añade  que abandonamos una imagen idealizada de uno mismo, esa por la que creo que soy la persona coherente que en realidad no soy. También influye el hecho de que con los años te flexibilizas y se te “amplía la mente” dando cabida a puntos de vista que antes te parecían contradictorios y ahora los ves complementarios. Otro factor para ser más flexible con respecto a las contradicciones es la consideración de que cuando actúas de modo contrario a lo que piensas en realidad está aflorando una sabiduría inconsciente que es más integradora que lo que me dice do lo que sé conscientemente, o mejor dicho de lo que “me cuento” a mi mismo.

Uno de los intolerantes con la contradicción nos dice que su aversión tiene su correlato en su amor por las matemáticas, porque en ellas no puede haber contradicciones, pero que lo extiende a lo personal porque no puede entender que alguien pueda preferir a las personas que no hacen lo que piensan, la coherencia sería la razón de ser, la naturalidad misma. Alguno se le suma pero reconoce que por mucho que  le sigue pareciendo asombroso el comportamiento contradictorio, ya sólo le preocupa cuando le afecta personalmente; y ahora anda también preguntándose si él a su vez será consciente de sus propias contradicciones.

Todos estamos de acuerdo en que las contradicciones sólo son visibles si prestamos atención a lo que somos y lo que hacemos, cosa que no es tan común.

Un contertulio nos expone que fue flagrantemente víctima de sus propias contradicciones aunque él lo resume con un “me desconocía por completo y la vida me paró en seco” y añade “sobre la base de un gran error cometido pude observar muchos errores encadenados”. Cuando en su vida sucedió un desastre se paró y vio que su comportamiento era fruto de la inercia y de la ignorancia y que por primera vez hubo de abrir un periodo de reflexión de duró años.

Nos preguntamos ¿Porqué se da una distancia entre lo que piensas y lo que haces?. Alguien responde: Porque te comportas como esperan otros, contra tus propias ideas. A lo que cabría preguntar ¿Y si te comportas según la razón no sería también comportarse contra ti mismo?. Otro responde que se puede llegar a ser contradictorio por amor. A lo que cabría preguntar ¿Y eso no sería ser coherente con el amor?. Una tercera persona contesta que se es contradictorio “por falta de coordinación entre el consciente y el subconsciente” a lo que cabría preguntar ¿Qué  me constituye más el consciente o el subconsciente?

Ante esta última respuesta se abalanzan los comentarios: Uno dirá que el subconsciente es lo auténtico en nosotros pero que lo desconocemos y sin embargo el consciente, que es la parte conocida, no es más que ruido que no te deja oír la verdad. También dirá  que el “consciente es visceral” y lo explica como que los sentimientos te llevan a  dar vueltas en la cabeza para explicarlos y ese pensamiento es ruido. El subconsciente, dirá,  fluye y el consciente tapa; por eso los meditadores intentan acallar ese ruido que tapa para que surja el inconsciente.

Nos encontramos con una definición interesante de consciente como RUIDO…pero entonces, ¿Cómo tendríamos que llamar al momento en el que lo no-consciente aflora y adopta un sentido a la luz de nuestro entendimiento?. Es un momento de revelación pero donde aparece no es sino en la conciencia, es decir ESO es lo realmente consciente.

Señalo que hay tendencia a confundir:

1.-“Consciente” con “palabra” por el hecho de ser palabra, es decir un producto nuestro que requiere de la voluntad de emitirla. Pero ésta puede ser compulsiva y responder a un pensamiento automático que en filosofía jamás se entendería como consciente.

2.- “Pensamiento” con “producto mental automático” que se dispara ante las emociones o lo que vivimos como algo que nos convulsiona. Deberíamos hablar de pensamiento cuando sabemos lo que pensamos y podemos darle nuestra conformidad serena.

3.- “Concepto” con ese “producto intelectual que te dan hecho” y que sólo tienes que juntar con otros conceptos para “parecer” que estás diciendo algo. Cuando el verdadero concepto es aquello que TÚ concibes, es decir una realidad comprendida y plasmada en una palabra que te permite comunicarte.

Volvemos a la contradicción y vemos cómo la falta de continuidad entre lo que piensas y lo que dices intenta a menudo evitar la catástrofe en las relaciones sociales. Nos preguntamos si no sería bueno intentar limpiar nuestra mente hasta el punto de que mostrarla tal cual es no pudiera ser reprochable. Esto nos llevaría a la figura de Sócrates, siempre diciendo la verdad y siempre molestando a los otros.

Vamos viendo también que hay principios irrenunciables  que son los que nos hacen abandonar un trabajo que nos hace entrar en contradicción o más simplemente no acudir a un espectáculo que nos haría sentir que estamos dando pábulo a unas ciertas ideas. Pero tenemos que distinguir entre contradicción y conflicto interno que se podría resolver teniendo una visión más amplia o más profunda de las cosas y eso hace que podamos integrar ideas que en una primera aproximación parecen irreconciliables. Ante esto podríamos preguntarnos si intentando huir de la rigidez no llegaríamos a una indefinición blanda que, eso sí, es cómoda.

Nos hacemos una última pregunta ¿Si eres capaz de justificar tus contradicciones será que dejan de serlo en cierto modo?. Pensar sobre ellas y darles su justo lugar nos hace ver la diferencia entre las que resultan conflictivas y las que no. En ello influye tu capacidad de perdón hacia ti mismo y  tu tolerancia, real o interesada, hacia los demás.

Por Mercedes García Márquez

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Los prejuicios

Arrancamos la sesión de enero en Fnac Castellana Madrid con la petición de aportar un ejemplo de algún prejuicio que hayamos sido capaces de detectar en nuestra percepción. Todos somos capaces de ver alguno.

Vamos a ir viendo cómo adoptamos las ideas que vamos oyendo en casa, en nuestro entorno … nos entran por la “puerta de atrás” sin que apenas les podamos oponer una crítica, esas ideas entran en una mente virgen… ¿Cómo no creer en aquello que te llega de unas personas que te lo enseñan todo?

Los prejuicios tienen el gran apoyo de nuestra necesidad de toda la  información posible para manejarnos en el mundo y hasta que no empezamos a tener experiencias tenemos, a la fuerza,  prejuicios.

Alguien apunta a que TODO lo vemos con unas gafas que filtran la realidad, no hay idea que no condicione lo que vemos. Pero nos acercaremos a la especificidad del prejuicio,  como juicio previo a la experiencia o como conocimiento muy parcial de algo.

El prejuicio sustituye a la experiencia cuando no la tenemos o incluso no queremos tenerla. Hay comodidad en prejuzgar, nos da una seguridad porque así no vamos totalmente inermes a enfrentarnos al mundo pero también porque además el prejuicio se nutre de los que nos conviene. Alguien apunta que el que se queda en el prejuicio prefiere quedarse con lo conocido y además se ahorra el trabajo de dudar.

El prejuicio se forma por nuestra necesidad real de clasificar los elementos de la realidad. Vemos cómo en nuestro mundo de la información se han podido multiplicar las fuentes de los prejuicios sobre aquella realidad a la que no tengo acceso presencial.

La experiencia directa y vital, viajar, o tener mayor cultura son el único modo de ir contrastando la calidad de nuestras ideas y que algunas se caigan por que se nos revele su falsedad. Pero también vemos que los prejuicios son como un escudo protector que te permite ir por la vida. Lo curioso es que a veces funcionan al revés: algunos prejuicios nos hacen precisamente bajar la guardia  (de ahí el refrán español “Fíate de la virgen y no corras”).

El prejuicio también nace de una única experiencia que por la fuerza de su impacto (sobre todo si es negativa) te invita a generalizar porque se produce una necesidad fuerte de prevención, es decir de defensa. El prejuicio responde a una necesidad de protegernos porque somos vulnerables.

En general los prejuicios tienden más a ser negativos, precisamente porque son defensivos. Las rivalidades vecinales y regionales alimentan los prejuicios que tengan un efecto desvalorizador del rival,  y por esa función pasan a construir armazones ideológicos muy compactos y se convierten en discursos políticos que terminan reclamando una legitimidad. En todo caso los prejuicios corresponden a una identidad grupal que fija lo que es normal en la propia sociedad  y por tanto cuando lo aplica al extranjero le quiere hacer  encajar en un marco que éste no comparte de modo inmediato. Cuestionarse todo eso da pereza, porque es un esfuerzo, y además desestabiliza momentáneamente hasta que se encuentra una nueva estabilidad de criterio. Viajar, es una buena cura para esto, es decir convertirte en extranjero a tu vez. Conoces in situ la cultura ajena y, una vez inmerso en su realidad, te ves forzado a relativizar tus propios esquemas.

Si se trata de defendernos hacemos que todo valga: generalizar desde una experiencia muy parcial o imaginar la vida idealizándola. Bien es verdad que la idealización solo dura hasta que la realidad  nos dé una lección de cómo es. A menudo sólo sabemos que hemos vivido con algún prejuicio cuando la realidad se revela en toda su crudeza contraria a lo que pensamos y esperamos.

Fuentes de prejuicios son las creencias y las religiones, verdades heredadas o dogmáticas que en sí mismas llevan el marchamo de “no cuestionable”.

Las exigencias del conocimiento objetivo tiene sus reglas de prudencia, pero como bien vio Descartes, la vida no nos espera a que tengamos todo el conocimiento para exigirnos actuar y ante eso el filósofo francés  propone una moral provisional que rija nuestra vida: atender a la moderación, actuar de modo decidido y pensar en cuestionar más tu propio pensamiento que el mundo. (Descartes. Discurso del método, 3ª parte.)

Por Mercedes García Márquez.

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¿Es la fidelidad sólo una promesa?

El último café filosófico del 2011 en el Forum de Fnac Castellana en Madrid giró en torno al tema de la fidelidad.

Hay distintas formas de fidelidad: a un equipo de fútbol, a un partido, a un país o a unas ideas. Vimos lo que hay de común en todas esas fidelidades: el sentimiento de pertenencia y la elección del vínculo. Pero cuando se nombra la palabra fidelidad lo primero que nos viene a la mente es la (in)fidelidad conyugal y concretamente la que tiene que ver con el sexo.

La fidelidad es un concepto cuya traducción a nuestro comportamiento es  escurridiza y por eso necesitamos definirla en el seno de las relaciones, cambiantes en el tiempo y según la cultura. Vimos que, si bien hay un modo socialmente preponderante de entender la fidelidad (que en nuestra sociedad proviene de la cultura judeocristiana) cada vez más las personas intentan pactar sus propias reglas de compromiso.

Algunos de los presentes se mostraron escépticos ante la eficacia de esos pactos individuales porque, por un lado, no se puede prever cada detalle del porvenir de una relación y porque, sobre todo, el telón de fondo del concepto social de fidelidad nos condiciona sin remedio. Así el pacto entre dos individuos resultaría frágil frente a los hábitos sociales pero sin embargo veremos como éstos son cambiantes comparado con la fijeza de la necesidad sexual.

Para alguno la fidelidad en la pareja es el sometimiento del individuo, con  el sacrificio de su instinto, en beneficio de una forma de supervivencia de la prole. Freud ya lo denunció en su momento como castración monstruosa, instaurada a presión gracias a la moral, llegando a crear lo que él llamó el malestar en la cultura. Y comprobamos que lo que resulta  innegable de esta tesis es que una prohibición solo se puede referir a algo que uno desea hacer, cuando hay prohibición es porque la gente desea hacerlo.

En el polo opuesto vimos como la fidelidad puede llegar a entenderse como una experiencia de compromiso con la verdad ante el otro. Postura que cuenta con que la elección de los términos del pacto en la pareja responde al respeto a un proyecto en común que requiere solidez, la unión de todas sus energías puestas a favor de éste. Y vimos cuán sólida tendría que ser una pareja que sobreviviera a la no exclusividad en cuestión de sexo, incluso habiéndolo pactado, dado que lo que tiene sentido en una promesa a veces se hace muy difícil de cumplir, sobre todo aguantar el dolor de verse sustituido. Pero también vimos como en una pareja en la que el vínculo afectivo se va  haciendo fuerte, la parte instintivo-sexual va cobrando menos importancia, tanto para buscar sexo fuera de la pareja como para que una infidelidad dé al traste con el matrimonio. Y es que juega a favor del buen entendimiento el hecho de que el aprendizaje por la experiencia de vida te permite ser más flexible con los sucesos y  con las expectativas.

En otro registro totalmente diferente, un asistente nos dice cómo la experiencia de vergüenza ajena que ha tenido cuando ha visto situaciones patentes de infidelidad le hizo pensar en la importancia que tiene que la infidelidad sea conocida por los demás. Evitar esto, dirá,  se hace crucial para no dar pie a un sufrimiento inútil: “Si la infidelidad es conocida solo por mí es como si no existiera porque no se produce la única consecuencia importante que es el dolor del otro”. Y es que en una pareja estamos jugando al mismo juego pero a menudo cada uno con sus normas. Y quizás habría que pensar que el intento de ponerlas en común conlleva muchos malos entendidos, cuando no falsedades, ilusiones o ingenuidades que en realidad complican más que aclaran.

Ante la acusación de que este discurso se mueve en la incomunicación y la falta de transparencia, él defenderá que lo más importante es preservar al otro de un dolor inútil.

Finalmente vemos que en pura lógica no se podría estar hablando de infidelidad a menos que ésta se dé en una relación en la que haya habido un compromiso formal. Y sin embargo más allá de la ruptura de cualquier tipo de “contrato”, más o menos expreso, más o menos formal, lo que realmente enciende todas las alarmas es que nos sentimos heridos en nuestros sentimientos. Y ese sentirse heridos es lo que termina afectando a cualquier otro aspecto de la relación: familia, convivencia y economía compartida, hasta vaciarlos de sentido. Otros lo ven desde una perspectiva opuesta: la relación matrimonial tendría que poder sobrevivir a la infidelidad sexual porque ésta no debería estar condicionando al afecto, y menos a la convivencia y la organización familiar.

Son visiones que muy habitualmente se corresponden con la femenina y la masculina y sin embargo detectamos que son dos posturas a las que hoy en día se adhieren indistintamente hombres y mujeres.

Os aconsejamos lecturas relativas al tema de la (in)fidelidad

Madame Bovary, de Gustave Flaubert

El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence

Seda,  de Alessandro Baricco

Anna Karenina de León Tolstoi

Y Películas:

Los puentes de Madison, de Clint Eastwood

Match Point, de Woody Allen

Las amistades peligrosas, de Stephen Frears

El piano, de Jane Campion

Por Mercedes García Márquez.

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Reflexiones sobre la muerte

Fueron muchos los contertulios que insistieron en reflexionar sobre la muerte pero muy pocos los que finalmente asistieron a este encuentro. Una sesión que resultó tan intensa como atractiva en su argumentación.

La muerte es lo horrible, es la catástrofe total por más que la quieras ver de otro modo, es dolor, ruptura de ese curso de la vida que siempre se mueve en la expectativa de futuro. El pensamiento sobre la muerte aparece en la infancia, pero se suele llevar en silencio incluso con fingimiento frente a los demás, en una mezcla de asombro y pudor.

Los humanos no vivimos la vida en coherencia con esa realidad inapelable de la muerte, nuestra vida es un puro proyecto, es decir vivimos un presente que está en función de un futuro, de una realización que podría no llegar precisamente porque podría irrumpir la muerte. Vivimos de espaldas a la muerte hasta el punto que se podría entender que hacer proyectos sirve precisamente para huir de la muerte, y esto porque los proyectos dan sentido y sus resultados dan posteridad, pero también porque mientras estás entretenido no piensas en el nubarrón que te acecha. Los animales tienen una postura más “realista” (aunque sea accidentalmente) porque atienden al momento presente, sin huir de él,  y su comportamiento está totalmente unido a la supervivencia por lo cual la muerte está siempre presente en su vida.

Los humanos hacen algo totalmente distinto pero hay que valorar el riesgo que supone y también podríamos verlo de otro modo: Cuando vemos cómo se toma su afición el montañero que quiere llegar a la cima pero sabe que hay que cuidar cada paso y vivirlo como insustituible. Es tanto como decir “Yo voy, hoy”… con la humildad  de saber lo que eres y, con  respecto a lo que pretendes tener  la conciencia del momento evolutivo en el que te encuentras, porque además siempre estás en proceso, inagotable proceso.

¿Qué ocurre cuando nos preguntamos lo que querríamos hacer antes de morir…. Nos lo preguntamos de verdad? Hay quien entiende que no, porque  hay cosas que uno querría hacer pero en realidad hacerlas descabalaría tu día a día. Resulta graciosa esta idea no hacemos lo que más querríamos porque nuestra cotidianeidad manda. Y en el polo opuesto hay quien dice haberlo intentado y que lo único que ha comprobado es que era una equivocación porque nada te garantiza que lo que se te ocurre no sea un capricho sin sentido, una locura.

Vemos que hay un sentido de “muerte” que se ha puesto de moda, la muerte como transición, como cambio. De esa sí que estamos dispuestos a hablar, es incluso algo alegre. Por tanto la transformación en vida es toda la “muerte” que estaríamos dispuestos a considerar de buen grado. Pero la desaparición resulta siempre traumática, aunque eso sí…para los que se quedan. Para el que es consciente de que se está yendo la anticipación de la muerte le ofrece la terrible,  o quien sabe si no podría ser grata, experiencia del momento del balance. Dicen que antes de morir tu vida pasa por delante de tus ojos en un segundo. Estaría bien poderle dar el visto bueno.

Os dejamos un sitio web en el que ofrecen una relación de nada menos que 101 películas educativas sobre la muerte.

De todos modos nos atrevemos a recomendar las que nos resultan más interesantes.

¡QUÉ BELLO ES VIVIR!, 1946.- Frank Capra

EL SÉPTIMO SELLO, 1957.- Ingmar Bergman

JOHNNY COGIÓ SU FUSIL, 1976.- Dalton Trumbo

LA BALADA DEL NARAYAMA, 1982.- Shohei Imamura

VIVIR, 1994.- Akira Kurosawa

INVASIONES BÁRBARAS, 2003.- Dennys Arcand

MI VIDA SIN MI, 2003.- Isabel Coixet.

Por Mercedes García Márquez

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