Ortega y Gasset: el imperio de las masas

La sociedad es siempre una unidad dinámica de dos factores: minorías y masas. Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas. No se entienda, pues, por masas, sólo ni principalmente «las masas obreras». Masa es el «hombre medio». De este modo se convierte lo que era meramente cantidad -la muchedumbre- en una determinación cualitativa: es la cualidad común, es lo mostrenco social, es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres, sino que repite en sí un tipo genérico (…). Para formar una minoría, sea la que fuere, es preciso que antes cada cual se separe de la muchedumbre por razones especiales, relativamente individuales (…). Este ingrediente de juntarse los menos, precisamente para separarse de los más, va siempre involucrado en la formación de toda minoría.

Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a saber al sentirse idéntico a los demás (…).  Y es indudable que la división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva.

(…) La división de la sociedad en masas y minorías excelentes no es, por lo tanto, una división en clases sociales, sino en clases de hombres, y no puede coincidir con la jerarquización en clases superiores e inferiores (…). En rigor, dentro de cada clase social hay masa y minoría auténtica.

Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a saber al sentirse idéntico a los demás (…).  Y es indudable que la división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva.

(…) La división de la sociedad en masas y minorías excelentes no es, por lo tanto, una división en clases sociales, sino en clases de hombres, y no puede coincidir con la jerarquización en clases superiores e inferiores (…). En rigor, dentro de cada clase social hay masa y minoría auténtica.

(…). Hoy asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. Es falso interpretar las situaciones nuevas como si la masa se hubiese cansado de la política y encargase a personas especiales su ejercicio. Todo lo contrario. Eso era lo que antes acontecía, eso era la democracia liberal. La masa presumía que, al fin y al cabo, con todos sus defectos y lacras, las minorías de los políticos entendían un poco más de los problemas públicos que ella. Ahora, en cambio, cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café. Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de hiperdemocracia.

Ortega y Gasset en La rebelión de las masas

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Aristóteles y las formas de gobierno

De los gobiernos unipersonales, solemos llamar monarquía a la que mira al interés común; al gobierno de unos pocos, pero más de uno, aristocracia, sea porque gobiernan los mejores, o porque se propone lo mejor para la ciudad y para los que pertenecen a ella; y cuando es la mayoría la que gobierna en vista del interés común, el régimen recibe el nombre común a todas las formas de gobierno: república (…).

Las desviaciones de los regímenes mencionados son: la tiranía de la monarquía, la oligarquía de la aristocracia, la democracia de la república. La tiranía es, efectivamente, una monarquía orientada hacia el interés del monarca, la oligarquía busca el de los ricos, y la democracia el interés de los pobres; pero ninguna de ellas busca el provecho de la comunidad.

Aristóteles en Política

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Michel Foucault: verdad y poder

La «verdad» está ligada circularmente a los sistemas de poder que la producen y la mantienen, y a los efectos de poder que induce y que la acompañan. «Régimen» de la verdad (…).

El problema político esencial para el intelectual no es criticar los contenidos ideológicos que estarían ligados a la ciencia, o de hacer de tal suerte que su práctica científica esté acompañada de una ideología justa. Es saber si es posible constituir una nueva política de la verdad. El problema no es «cambiar la conciencia» de las gentes o lo que tienen en la cabeza, sino el régimen político, económico, institucional de la producción de la verdad. No se trata de liberar la verdad de todo sistema de poder — esto sería una quimera, ya que la verdad es ella misma poder— sino de separar el poder de la verdad de las formas de hegemonía (sociales, económicas, culturales) en el interior de las cuales funciona por el momento. La cuestión política, en suma, no es el error, la ilusión, la conciencia alienada o la ideología; es la verdad misma.

Michel Foucault en Verdad y poder

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David Roberts: políticas de la posverdad

Durante esta extraña calma en el (interminable) del Proyecto de Ley Federal sobre el Clima, he estado reflexionando sobre algunas nociones políticas.

Primero: los votantes generalmente no saben mucho sobre política o medidas políticas. Ellos tienen cosas sobre las que sí saben mucho (American Idol, equipos de béisbol, software de contabilidad, libros de recortes…), pero para la mayoría de los votantes, la política no está entre esas cosas. Los votantes utilizan procedimientos ordinarios para evaluar las propuestas legislativas. Esto va de alguna manera en contra de la visión idealizada de la Ilustración, que sería algo así:

Los votantes

  • recopilan hechos,
  • sacan conclusiones de los hechos,
  • formular las posiciones basadas en las conclusiones, y
  • eligen un partido político que comparte esas posiciones.

La mejor evidencia de las ciencias políticas muestra que el proceso es casi exactamente el contrario.

Los votantes:

  • eligen una tribu o partido basado en afiliaciones de valor,
  • adoptan las posiciones de emisión de la tribu,
  • desarrollan argumentos que apoyen esas posiciones de emisión, y
  • eligen hechos para reforzar esos argumentos.

Aunque el partido es la tribu más común y el mejor indicador de las posiciones de las ediciones, hay otros procedimientos que también funcionan. Una forma común de juzgar una propuesta es la cantidad de apoyo que está recibiendo del “otro lado” (…).

Los Republicanos [el partido Republicano de EE.UU.] han aprendido muy bien cómo manipular los procedimientos de los votantes. No importa lo que los Demócratas [el partido Demócrata] hagan o propongan, los Republicanos lo enfrentan con una oposición máxima y unida, criticándola como socialismo, tiranía o apaciguamiento. Se han dado cuenta con exactitud de que todo lo que tienen que hacer para que las propuestas demócratas sean controvertidas es negarse a apoyarlas.

Como consecuencia, no importa lo que los demócratas hagan o propongan, tendrán que lidiar con la óptica de sus propuestas parecen partidarias.

Vivimos en la política de la posverdad: una cultura política en la que la política (opinión pública y narrativas mediáticas) han llegado a estar totalmente desconectadas de las medidas políticas (la sustancia de la legislación).

David Roberts en Post-truth politics (traducción propia)

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Sobre el populismo

En esos momentos de complejidad extrema del escenario internacional, fenómenos como el del populismo son cada vez más probables. En estos tiempos, que testimonian los límites de la capacidad humana de control sobre el futuro, los estados de ánimo pierden la serenidad y poderosos afectos emergen hasta la epidermis de las formaciones sociales. Es como si esos estados de ánimo escaparan a sus portadores y constituyeran atmósferas objetivas de inseguridad, de riesgo, de miedo. Entonces, las actuaciones pueden llegar a tener el rasgo de lo compulsivo y de lo cínico, destruyendo las estructuras reflexivas de  valor que conceden legitimidad a los órdenes políticos. Las respuestas que reclaman los conceptos de justicia, solidaridad, equidad, igualdad, dignidad, quedan entonces vacías, lo que redobla la intensidad de los retos y de las preguntas que encierran (…). Pero cuando el miedo, la inseguridad, la inquietud, lo desconcertante estalla, entonces la crítica es impotente ante las configuraciones de los sentimientos y pasiones. Entonces el populismo acecha.

José Luis Villacañas en Populismo

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Esencialmente, el populismo posee cuatro propiedades interrelacionadas:

1) la existencia de dos unidades homogéneas de análisis: el pueblo y la elite;

2) una relación de antagonismo entre ambas;

3) la valoración positiva del «pueblo» y la denigración de la «elite»; y

4) la idea de la soberanía popular, traducida en la prevalencia de la voluntad general como matriz decisoria.

He aquí el núcleo duro del populismo, en cuya ausencia no habrá tampoco, pues, populismo. A ese núcleo pueden añadirse otros rasgos, quizá más derivados que primarios. Destacadamente: su tendencia a organizarse alrededor de un líder, su antiintelectualismo, su identificación con una Heimat o patria idealizada, su hostilidad hacia la democracia representativa qua representativa, su reactividad ante las crisis y naturaleza, por tanto, episódica, así como un repertorio de acción basado en la provocación, la polarización y la protesta.

Manuel Arias Maldonado en Para comprender el populismo (I)

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Filosofía y espiritualidad

Llamamos filosofía a esta peculiar forma de pensamiento que se plantea la pregunta no sólo, por supuesto, por lo que es verdadero y lo que es falso, sino también por aquello que hace que exista y que pueda existir lo verdadero y lo falso. Llamamos filosofía a una forma de pensamiento que se plantea la cuestión de cuáles son las mediaciones que permiten al sujeto tener acceso a la verdad. Filosofía es una forma de pensamiento que intenta determinar las condiciones y los límites del acceso del sujeto a la verdad. Si denominamos a todo esto filosofía creo que se podría denominar espiritualidad a la búsqueda, a la práctica, a las experiencias a través de las cuales el sujeto realiza sobre sí mismo las transformaciones necesarias para tener acceso a la verdad. Denominaremos por tanto la espiritualidad al conjunto de estas búsquedas, prácticas o experiencias, entre las cuales se encuentran las purificaciones, la ascesis, las renuncias, las conversiones de la mirada, las modificaciones de la existencia que constituyen, no para el conocimiento sino para el sujeto, para el ser mismo del sujeto, el precio a pagar para tener acceso a la verdad.

Se podrían señalar tres características de la espiritualidad así entendida:

En primer lugar, la verdad no le es concedida al sujeto de pleno derecho, sino que por el contrario el sujeto debe, para acceder a la verdad, transformarse a sí mismo en algo distinto. El propio ser del sujeto está por tanto en juego, ya que el precio de la verdad es la conversión del sujeto.

En segundo lugar, no puede existir la verdad sin una conversión o sin una transformación del sujeto. Esta transformación se realiza a través del impulso del eros, del amor — movimiento a través del cual el sujeto se ve desgajado de su estatuto—, y por medio del trabajo que el sujeto realiza sobre sí mismo para convertirse al fin en un sujeto capaz de lograr la verdad mediante un movimiento de ascesis.

En tercer lugar, el acceso a la verdad produce un efecto de retorno de la verdad sobre el sujeto. La verdad es lo que ilumina al sujeto.

Para la espiritualidad, la verdad no es en efecto simplemente aquello que le es dado al sujeto para recompensarlo en cierto modo por el acto de conocimiento y para completar este acto de conocimiento. La verdad es lo que ilumina al sujeto, lo que le proporciona la tranquilidad de espíritu. En suma, existe en la verdad, en el acceso a la verdad, algo que perfecciona al sujeto, que perfecciona el ser mismo del sujeto o lo transfigura.

(…)

Digamos, esquemáticamente que, desde la Antigüedad, la cuestión filosófica de ¿cómo tener acceso a la verdad? y la práctica de la espiritualidad, en tanto que transformación necesaria del ser del sujeto que va a permitir el acceso a la verdad, constituyen dos cuestiones que pertenecen al mismo registro y que no pueden, por lo tanto, ser tratadas de un modo separado. Y, si exceptuamos a Aristóteles, para quien la espiritualidad no jugaba un papel muy importante, la cuestión filosófica fundamental, interpretada en tanto que cuestión de espiritualidad, era la siguiente: ¿qué transformaciones son necesarias en el propio ser del sujeto para tener acceso a la verdad?

Muchos siglos más tarde, el día en el que se pasa a postular que el conocimiento es la única vía de acceso a la verdad (con el cartesianismo), el pensamiento y la historia de la verdad entran en la modernidad. Dicho de otro modo, me parece que la Edad Moderna de la historia de la verdad comienza a partir del momento en el que lo que permite acceder a lo verdadero es el conocimiento y únicamente el conocimiento, es decir, a partir del momento en el que el filósofo o el científico, o simplemente aquel que busca la verdad, es capaz de reconocer el conocimiento en sí mismo a través exclusivamente de sus actos de conocimiento, sin que para ello se le pida nada más, sin que su ser de sujeto tenga que ser modificado o alterado. A partir de este momento preciso se puede decir que el sujeto es de tal naturaleza que es capaz de llegar a la verdad siempre y cuando concurran aquellas condiciones intrínsecas al conocimiento y extrínsecas al individuo que se lo permitan.

M. Foucault en La hermenéutica del sujeto

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