Filomanía Alcobendas: La mala educación

Llega el verano, y antes de tomarnos unas vacaciones, nos reunimos para despedir nuestro último café filosófico. Luego nos volvemos a ver en septiembre con la misma energía y entusiasmo de siempre para seguir filosofando en grupo.

Os esperamos el jueves 29 de junio a las 19h. en el Centro de Arte Alcobendas (3º planta) para filosofar sobre: La mala educación

¡Nos vemos!

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Trilogía sobre política y sociedad: formas de gobierno, populismo y posverdad

Durante nuestros últimos encuentros de Filomanía en el Centro de Arte de Alcobendas hemos desarrollado temáticamente una especial “trilogía” sobre política y sociedad, girando nuestras tres reflexiones mensuales sobre tres temas diferentes (todos, como siempre, escogidos por el conjunto de los participantes).

El primero de los temas fue abordado a partir de una muy concreta, pero igualmente compleja y delicada, pregunta: ¿quién nos tiene que gobernar? Dando por hecho que la propia pregunta presupone la posibilidad de que podamos decidir quién debe gobernarnos, la pregunta no podía eludir un replanteamiento de las formas de gobierno y sus desviaciones analizadas por Aristóteles para plantearnos, desde el comienzo, el alcance y las limitaciones de la democracia. Sin embargo, más allá de esté clásico de la filosofía política, incorporamos también la breve lectura de un fragmento de La rebelión de las masas de Ortega y Gasset en el que se plantea el concepto de hiperdemocracia. Así, si la democracia podía caer, según Aristóteles, en desviaciones en las que resulte ser no ya un gobierno para el interés común sino un gobierno para el “interés de los pobres”, la hiperdemocracia resultaría un gobierno en el que “la masa actúa directamente sin ley (…) imponiendo sus pretensiones y sus gustos”. Estos análisis y lecturas nos situaban ya en el primero de nuestros dilemas: si cuando actuamos en colectivo (y también individualmente) corremos el riesgo de ser injustos y velar solo por nuestros intereses, ¿debemos asumir ese reto y atrevernos a gobernarnos nosotros mismos? O, añadiendo mayor complejidad al asunto: aunque pudiéramos actuar justamente hacia el interés común, ¿podría ser que el propio poder fuera en sí mismo fuente de corrupción?

Posibles respuestas a este interrogante pasaron por formas de tecnocracia hasta propuestas más de tinte ilustrado que abogaban por la educación como vía para una disposición ética básica para el buen gobierno, pasando por originales reflexiones sobre un posible “carnet por puntos ciudadano” u otras más clásicas, basadas en el incentivo de la participación ciudadana en las formas de gobierno y toma de decisiones como mecanismo de distribución de la responsabilidad y supervisión de lo gobernado. Sin embargo, todas las repuestas y reflexiones posibles dejaban siempre un vacío acerca de los límites y alcance de la comunicación y la libertad de expresión como formas de persuasión política en la sociedad actual. Esta cuestión quedó pendiente de abordaje para nuestro siguiente encuentro, en el que acordamos como tema el espinoso y actual concepto de populismo.

Para comenzar asentando las bases de este siguiente encuentro, se inició la sesión con la lectura de dos fragmentos sobre el populismo de Manuel Arias Maldonado y José Luis Villacañas, dos figuras de la filosofía española contemporánea, en los que reflexionaban sobre este concepto. De ambos fragmentos y autores se obtuvieron dos ideas claras: que el populismo se asienta sobre una idea de “soberanía popular” basada en la oposición entre el pueblo y las élites sociales a partir de una “valoración positiva del pueblo y la denigración de la elite”; y que esta interpretación del antagonismo social se nutría de un contexto social de “complejidad extrema” en el que surgen “poderosos afectos” que marcan los discursos públicos. Al margen del consenso inicial respecto a esta definición, la sesión estuvo marcada por interesantes reflexiones enfrentadas que, por una parte, valoraban favorablemente al populismo como termómetro del malestar social (la aparición de populismos sería indicador de un descontento con los poderes fácticos y, por tanto, podría interpretarse como motor del cambio social), mientras que por otra interpretaban el discurso populista como una visión reduccionista y superficial del conflicto social, suponiendo una fuerte homogeneidad tanto en las élites “perversas” como en la voluntad popular que demanda la transformación de las relaciones de poder.

Para continuar la reflexión sin desviarnos de la temática, que permanecía todavía abierta al final de nuestro encuentro, se propuso continuar en la siguiente cita con el tema de la posverdad puesto que, en tanto que “verdad emotiva”, define las emociones y los afectos como terreno de juego en las relaciones de verdad y poder (uno de los tópicos que abordamos a través de una breve lectura de M. Foucault). Así, este último encuentro de la trilogía se propuso, en primer lugar, definir el propio concepto acudiendo a una de sus fuentes originales: el bloguero David Roberts en su artículo “políticas de la posverdad”. Allí se definía la posverdad como desconexión entre la opinión pública, las narrativas mediáticas de la realidad y la acción política de las clases dirigentes. En esta triple desconexión, la verdad, en su clásica versión de correspondencia entre lo que se dice, lo que se piensa y la realidad, quedaría en entredicho, pero… ¿hay algo de verdad en la posverdad? Nuestras reflexiones apuntaban a que quizá sí, pero que se trataría de una verdad teñida de emociones y descontextualizada de manera intencionada por quien la emplea, a modo de forma de poner las premisas al servicio de los argumentos. De tal manera, se argumentaba que quizá la eficacia de la posverdad, al margen de su contenido emotivo, podría residir en ese carácter verosímil que le confiere dicha imitación tergiversada de la realidad, más aún en nuestra actual sociedad de las comunicaciones, en las que un discurso descontextualizado rápidamente puede hacerse viral y transmitirse como si de una verdad se tratara.

Nuestro cuestionamiento por la posverdad concluía con interesantes reflexiones que suponían, en cierta forma, colofón y pregunta abierta a esta trilogía sobre política y sociedad, planteándonos si en momentos (puede que como los actuales, a escala global) en los que formas de hiperdemocracias, demagogías, populismos y políticas de la posverdad aparecen como formas de desconexión y simplificación de las relaciones entre verdad y realidad, quizá el criterio más sólido para el pensamiento crítico no esté precisamente en las tradicionales relaciones de correspondencia entre lo que es y lo que se dice, sino en la propia coherencia de lo dicho y lo pensado.

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Ortega y Gasset: el imperio de las masas

La sociedad es siempre una unidad dinámica de dos factores: minorías y masas. Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas. No se entienda, pues, por masas, sólo ni principalmente «las masas obreras». Masa es el «hombre medio». De este modo se convierte lo que era meramente cantidad -la muchedumbre- en una determinación cualitativa: es la cualidad común, es lo mostrenco social, es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres, sino que repite en sí un tipo genérico (…). Para formar una minoría, sea la que fuere, es preciso que antes cada cual se separe de la muchedumbre por razones especiales, relativamente individuales (…). Este ingrediente de juntarse los menos, precisamente para separarse de los más, va siempre involucrado en la formación de toda minoría.

Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a saber al sentirse idéntico a los demás (…).  Y es indudable que la división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva.

(…) La división de la sociedad en masas y minorías excelentes no es, por lo tanto, una división en clases sociales, sino en clases de hombres, y no puede coincidir con la jerarquización en clases superiores e inferiores (…). En rigor, dentro de cada clase social hay masa y minoría auténtica.

Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a saber al sentirse idéntico a los demás (…).  Y es indudable que la división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva.

(…) La división de la sociedad en masas y minorías excelentes no es, por lo tanto, una división en clases sociales, sino en clases de hombres, y no puede coincidir con la jerarquización en clases superiores e inferiores (…). En rigor, dentro de cada clase social hay masa y minoría auténtica.

(…). Hoy asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. Es falso interpretar las situaciones nuevas como si la masa se hubiese cansado de la política y encargase a personas especiales su ejercicio. Todo lo contrario. Eso era lo que antes acontecía, eso era la democracia liberal. La masa presumía que, al fin y al cabo, con todos sus defectos y lacras, las minorías de los políticos entendían un poco más de los problemas públicos que ella. Ahora, en cambio, cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café. Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de hiperdemocracia.

Ortega y Gasset en La rebelión de las masas

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Aristóteles y las formas de gobierno

De los gobiernos unipersonales, solemos llamar monarquía a la que mira al interés común; al gobierno de unos pocos, pero más de uno, aristocracia, sea porque gobiernan los mejores, o porque se propone lo mejor para la ciudad y para los que pertenecen a ella; y cuando es la mayoría la que gobierna en vista del interés común, el régimen recibe el nombre común a todas las formas de gobierno: república (…).

Las desviaciones de los regímenes mencionados son: la tiranía de la monarquía, la oligarquía de la aristocracia, la democracia de la república. La tiranía es, efectivamente, una monarquía orientada hacia el interés del monarca, la oligarquía busca el de los ricos, y la democracia el interés de los pobres; pero ninguna de ellas busca el provecho de la comunidad.

Aristóteles en Política

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Filomanía Alcobendas: La esclavitud de la belleza

Nos volvemos a encontrar el jueves 15 de junio a las 19h. en el Centro de Arte Alcobendas (3ºplanta) para disfrutar de nuestros habiltuales espacios de reflexión filosófica, indagando, profundizando y aprendiendo del diálogo con los demás.

En esta ocasión filosofaremos sobre LA ESCLAVITUD DE LA BELLEZA

Coordina: Ángel Carrasco Campos

¡Os esperamos!

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Filomanía Barcelona: La humildad

¡Llega Filomanía Barcelona! Os esperamos el jueves 8 de junio a las 19h en El Corte Inglés Portal de l’Àngel para compartir nuestro habitual espacio de reflexión en grupo.

¡No os lo perdáis!

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