Los miedos

Comenzamos la sesión sobre los miedos destacando la relación que estableció Epicuro (341-270 a.C.) en su escuela El Jardín de Atenas cuando vinculó el logro de la felicidad con la liberación a través de la razón de aquellos miedos que nos perturban y causan desasosiego: el temor a los dioses, al destino, a la muerte y al dolor. El sabio atomista defendía que un análisis racional de cada uno de estos miedos era capaz de demostrar su absurdidad, de manera que una vez comprendíamos que nuestro temor no tenía sentido, podíamos deshacernos de él con relativa facilidad. De aquí se extrajo la primera pregunta que se lanzó a los asistentes: ¿la razón es capaz de eliminar los miedos? No obstante, antes de pasar la palabra, se presentó una aproximación a la definición de miedo: “reacción emocional que se despierta ante algo que el sujeto interpreta como una amenaza o peligro”. ¿Puede la razón ser un instrumento eficaz para actuar en este caso?

El debate estaba abierto, y las intervenciones de los asistentes no se hicieron esperar. La primera de ellas señaló que más que decir que la razón puede extinguir nuestros miedos, sería preferible hablar de conocimiento. Cuando se adquiere un desarrollo personal y un conocimiento profundo de uno mismo y lo que nos envuelve, la misma comprensión de nuestra circunstancia nos libera del temor, en la medida en que el miedo vendría causado por el no saber a qué atenernos, no saber qué puede pasar, etc. Si el miedo se alimenta de la ignorancia, su extinción vendría entonces por el aumento del conocimiento. Se apuntó también que por ello, el máximo conocimiento iría acompañado de la ausencia total de miedo, lo cual, procuraría una vida feliz, tal como señala el divulgador científico Eduard Punset.

El moderador quiso problematizar dicha afirmación, apuntando la posibilidad de que hubiera algo positivo en determinados miedos. Aquí aparecieron intervenciones que resaltaron el valor que tenían algunos miedos para encaminar la vida de manera prudente. Habría miedos que obedecerían a causas biológicamente predeterminadas y que tendrían la función de ayudarnos a sobrevivir, siendo por tanto adaptativos. Alguien que no tuviera ninguna clase de miedo podría volverse tremendamente temerario, así que rechazar toda clase de miedo no parece algo tan deseable. Por tanto, la relación entre vida feliz y vida carente de cualquier miedo dejaba de funcionar. En todo caso, se debería atender a qué miedos son dañinos y qué miedos son favorables, atendiendo entonces a que sólo los primeros deberían ser eliminados.

Otra intervención hizo hincapié en el hecho de que más que tratar de eliminar los miedos, lo que habría que hacer es aprender a vivir con ellos. La línea argumental, que fue apoyada por otros contertulios, fue que el problema estriba en que muchas veces queremos tener en nuestra vida todo muy controlado y organizado, sentir que nosotros dominamos la situación, y cuando vemos que hay elementos que escapan a ese control, nos asustamos y tenemos miedo. Haríamos mejor en reconocer que no está en nuestras manos disponer de ese poder tan grande sobre nuestras vidas y la de quienes nos rodean, y aceptar que la vida supone riesgo, aventura, indeterminación. Esta apertura favorecerá que estemos más capacitados para asumir lo que nos vaya sucediendo, sin estar lamentando continuamente que las cosas no sigan el curso que nosotros les queríamos imponer.

Así pues, hay que aceptar determinados miedos, más que querer eliminarlos. Llegados a este punto, el moderador introdujo la pregunta de si quizás incluso podía haber miedos agradables o divertidos. Apareció la cuestión de por qué vemos películas de miedo, acudimos a parques de atracciones con montañas rusas imposibles o practicamos deportes de riesgo. De nuevo surgió aquí la referencia a la sensación de control. En todas estas actividades, el hecho de que la persona tenga la confianza de que no corre ningún peligro real le hace vivir la simulación del peligro como una experiencia de alta intensidad, con gran descarga de adrenalina, que puede ser muy estimulante (incluso adictiva en algunos casos). No obstante, si uno perdiera la sensación de confianza, por ejemplo a causa de un fallo técnico, el simulacro daría paso a la auténtica sensación de miedo, que bien podría entonces derivar en auténtico pánico.

Otra intervención apuntó a que hay miedos necesarios, como aquellos que van ligados a nuestro sentido de la responsabilidad. Alguien tiene que salir al escenario y siente un nudo en el estómago provocado por el miedo a ponerse delante del público. Ese miedo, si no sobrepasa cierto umbral, sería necesario, puesto que cuando deja de existir y se actúa con un exceso de relajación, el resultado suele ser peor. Sin embargo, si el miedo sobrepasa ese punto límite, naturalmente sería muy negativo, porque nos paralizaría y no nos dejaría salir a escena. Es importante pues atender a las propias señales del organismo, pues cuanto antes uno reconozca los síntomas de un miedo que va in crescendo, antes podrá controlarlos. ¿Somos capaces de reconocer cuándo nos está entrando miedo?

Algunos de los asistentes dijeron que sí, otros que no siempre. A veces puede haber dificultad para advertir lo que nos está pasando por dentro. Incluso alguien apuntó que había vivido una etapa de su vida en la que le era difícil captar los síntomas porque a quien tenía mayor miedo era a sí mismo, al movimiento que tenía lugar en su propia mente y que parecía haber entrado en una espiral autodestructiva. Cabe resaltar que otro de los asistentes quiso destacar la valentía de la persona que nos estaba regalando esta confidencia, a la vez que apuntaba entender perfectamente a qué se estaba refiriendo. En ocasiones, nuestro peor enemigo podemos ser nosotros mismos.

En ocasiones, la liberación del miedo viene propiciada por la sensación de que ya hemos perdido todo lo que realmente nos importaba, así que nada valioso nos queda por perder. No temer nada porque hemos tocado fondo y se nos ha vaciado de sentido la existencia nos acerca al abismo. Nos encontramos ante una depresión aguda, y en ese momento hay que tomar una decisión. Y si bien muchas veces el miedo nos impulsa a actuar, llegados a ese punto la ausencia del mismo implica que uno tendrá que encontrar en otro lado aquel motivo fuerte que lo permita aferrarse a la vida y brindarse a sí mismo la oportunidad de ser feliz.

La cuestión de la motivación cobró protagonismo, al enlazarse con el miedo, pudiéndose establecer un continuo que tendría a cada uno de ellos en un extremo. Todos tendríamos el deseo de establecer relaciones con nuestros semejantes que sean satisfactorias y todos tendríamos también el deseo de ser reconocidos por nuestros méritos. Cuando dichos deseos, en lugar de ser fuente de motivación para tratar de hacer las cosas bien, caen hacia el lado opuesto, y se convierten en miedo al rechazo y miedo al fracaso de manera sistemática, éstos se convierten en una tortura. Hay que saber sacar esos miedos, como el miedo al qué dirán, a hacer el ridículo, el exceso de vergüenza, etc. de ese extremo y tratar de hacerles recorrer el espacio que los conduce a la motivación.

Sin duda, hay miedos que surgen de nosotros mismos, de nuestras inseguridades, complejos, etc. Otros miedos, se apuntó, parecen ser inducidos a través de los medios de comunicación, publicidad y demás, respondiendo en ocasiones a intereses muy determinados. Como dice José Antonio Marina en Anatomía del miedo, el miedo ha sido el principal instrumento de dominación de la historia. Los miedos pueden ser, pues, endógenos o exógenos, y en cada caso deberemos determinar su condición de positivos o negativos, tratando siempre de eludir las manipulaciones de los poderes fácticos que intentan hacer de ellos su fuente de negocio.

El miedo a que un ser querido pueda sufrir daño, que parece ser consustancial con el propio hecho de amar, dio paso en la discusión a las dificultades que pueden surgir en la relación de pareja cuando los miedos de uno de ellos acaban afectando al otro. En particular el debate se fue hacia el miedo que puede sentir la persona maltratada física o psicológicamente por su pareja, y se planteó hasta qué punto quien sufre maltrato responde a un perfil de baja autoestima. Sin duda la cuestión interesaba a un buen número de los asistentes, pues, tras reconocer la complejidad de la temática que se abría, se decidió elegir la definición de en qué consiste que una relación de pareja sea sana como tema para el siguiente café filosófico, que tendrá lugar como siempre en el segundo jueves del próximo mes.

Por Joan Méndez, Asociación de Filosofía Práctica de Cataluña (afpc)

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