El miedo: una mirada filosófica

“Para intentar definir el miedo, revisaremos la historia de la filosofía; quizás la encontraremos aquí. A la vez, podremos comprobar si hablamos adecuadamente cuando hacemos servir este concepto para aludir al sentimiento de la gente a que se refiere nuestra oyente, en relación a la noticia de una posible pandemia de gripe aviar en Europa. Para poder explicarnos, decíamos, sobre este tema, me gustaría hablar hoy del pensamiento del filósofo alemán del siglo XX Martin Heidegger.

Heidegger, en su obra fundamental Sein und Zeit (“Ser y tiempo”), establece una diferencia entre dos sensaciones del hombre que muchas veces se confunden como iguales y que, de acuerdo con la diferenciación que hace este filósofo, están lejos de ser lo mismo. Hablamos de la diferencia que cabe establecer entre el miedo y la angustia. Hemos de tener en cuenta que el pensamiento del autor en dicha obra se podría definir como existencialista. El objetivo de Heidegger, como existencialista, al diferenciar el miedo y la angustia es delimitar claramente qué entiende por angustia. La angustia es uno de los elementos básicos de las filosofías de tipo existencialista: podemos encontrarla tanto en el existencialismo anticipado por Kierkegaard como en el existencialismo de Sartre. Esta insistencia en abordarla es debida a que la angustia es un estado en el que el individuo expresa su interioridad ante la propia existencia. Es por esto que en la obra heideggeriana se desarrolla más el tema de la angustia que el del miedo. (…)

Continuando con el tema, diremos que, según Heidegger, el miedo tiene la característica de ser objetiva: tenemos miedo de los dientes de un perro que intenta atacarnos. En cambio, la angustia es el temor a una cosa indefinida; sería como temer a un fantasma o alguna cosa creada por nuestra mente que no se puede delimitar objetivamente como provocadora de este temor. Sentimos angustia por nuestra existencia ante el hecho de la muerte porque aquello que nos preocupa no está definido, es algo que no sabemos realmente, objetivamente, qué es. (…)

Así pues, los dos estados son similares, ya que nos hacen sentir una inseguridad parecida, pero mientras uno de ellos tiene una referencia definida, el otro consiste en algo indefinido. De hecho, analizando un poco más este sentimiento, podríamos decir que el temor hacia lo desconocido que tenemos como posibilidad, nos provoca un sentimiento de inseguridad mucho más grande que el miedo hacia algo definido. Conocer el objeto de nuestra inseguridad de alguna manera provoca en el individuo una cierta seguridad, mientras que la inseguridad de la posibilidad crea un estado de alerta permanente por buscar o esperar la manifestación del objeto que crea nuestra inseguridad.”

Jordi Sánchez i Sanjuan, La respuesta filosófica.

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“No hay especie más miedosa que la humana. Es el tributo que hemos de pagar por nuestros privilegios. Como escribe Mowrer, “nuestra desarrollada propensión a ser previsores y a sentir ansiedad probablemente da origen a muchas de nuestras virtudes, pero también da razón de alguno de nuestros fallos más evidentes”. La inteligencia libera y a la vez entrampa. Nos permite anticipar lo que va a suceder -información útil para sobrevivir-, pero puede pasarse de rosca y provocar esas patologías de la anticipación que tan bien conocen los psiquiatras. Vivimos entre el recuerdo y la imaginación, entre fantasmas del pasado y fantasmas del futuro, reavivando peligros viejos e inventando amenazas nuevas, confundiendo realidad e irrealidad, es decir, hechos un lío. Para colmo de males, no nos basta con sentir temor, sino que reflexionamos sobre el temor sentido, con lo que acabamos teniendo miedo al miedo, un miedo insidioso, reduplicativo y sin fronteras. (…)
El estrés, la ansiedad, el miedo son funcionalmente útiles. Incluso pueden ser agradables a veces. De ahí el éxito de los deportes de riesgo y de las películas de miedo. Hay un escalofrío atrayente. Podemos considerar miedos normales los que son adecuados a la gravedad del estímulo y no anulan la capacidad de control y respuesta. Es difícil encontrar criterios fiables para medir estos aspectos, por lo que frecuentemente apelamos a una mera evaluación estadística. Por ejemplo, el miedo a volar ¿es normal o patológico? En cierto sentido es normal, porque no estamos preparados para surcar los aires, pero en otro sentido no lo es, porque sólo resulta insoportable para un pequeño número de personas.

Un miedo patológico se corresponde con una alarma desmesurada, tanto en su activación como en su regulación. Se dispara con demasiada frecuencia y con umbrales de peligrosidad muy bajos, la aparición del miedo es demasiado fuerte, sin flexibilidad, un mecanismo todo-nada. Además, no está modulado y se convierte con facilidad en pánico. No es el único caso en que sistemas defensivos del organismo se convierten en tóxicos. Christopher André pone como ejemplo el reflejo de la tos. Nos protege, porque impide la entrada de cuerpos extraños en los alvéolos pulmonares, pero una crisis de asma desencadenada por unos miligramos de polen representa una reacción de alarma inútil y nociva. “No hay peligro en ese polen. El problema no viene del entorno sino de un sistema de defensa desarreglado. Y la dificultad de respirar, la tos seca agotadora del asmático en crisis son más tóxicas que útiles.” Lo mismo sucede con el miedo.”

José Antonio Marina, Anatomía del miedo.

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