Los prejuicios

Arrancamos la sesión de enero en Fnac Castellana Madrid con la petición de aportar un ejemplo de algún prejuicio que hayamos sido capaces de detectar en nuestra percepción. Todos somos capaces de ver alguno.

Vamos a ir viendo cómo adoptamos las ideas que vamos oyendo en casa, en nuestro entorno … nos entran por la “puerta de atrás” sin que apenas les podamos oponer una crítica, esas ideas entran en una mente virgen… ¿Cómo no creer en aquello que te llega de unas personas que te lo enseñan todo?

Los prejuicios tienen el gran apoyo de nuestra necesidad de toda la  información posible para manejarnos en el mundo y hasta que no empezamos a tener experiencias tenemos, a la fuerza,  prejuicios.

Alguien apunta a que TODO lo vemos con unas gafas que filtran la realidad, no hay idea que no condicione lo que vemos. Pero nos acercaremos a la especificidad del prejuicio,  como juicio previo a la experiencia o como conocimiento muy parcial de algo.

El prejuicio sustituye a la experiencia cuando no la tenemos o incluso no queremos tenerla. Hay comodidad en prejuzgar, nos da una seguridad porque así no vamos totalmente inermes a enfrentarnos al mundo pero también porque además el prejuicio se nutre de los que nos conviene. Alguien apunta que el que se queda en el prejuicio prefiere quedarse con lo conocido y además se ahorra el trabajo de dudar.

El prejuicio se forma por nuestra necesidad real de clasificar los elementos de la realidad. Vemos cómo en nuestro mundo de la información se han podido multiplicar las fuentes de los prejuicios sobre aquella realidad a la que no tengo acceso presencial.

La experiencia directa y vital, viajar, o tener mayor cultura son el único modo de ir contrastando la calidad de nuestras ideas y que algunas se caigan por que se nos revele su falsedad. Pero también vemos que los prejuicios son como un escudo protector que te permite ir por la vida. Lo curioso es que a veces funcionan al revés: algunos prejuicios nos hacen precisamente bajar la guardia  (de ahí el refrán español “Fíate de la virgen y no corras”).

El prejuicio también nace de una única experiencia que por la fuerza de su impacto (sobre todo si es negativa) te invita a generalizar porque se produce una necesidad fuerte de prevención, es decir de defensa. El prejuicio responde a una necesidad de protegernos porque somos vulnerables.

En general los prejuicios tienden más a ser negativos, precisamente porque son defensivos. Las rivalidades vecinales y regionales alimentan los prejuicios que tengan un efecto desvalorizador del rival,  y por esa función pasan a construir armazones ideológicos muy compactos y se convierten en discursos políticos que terminan reclamando una legitimidad. En todo caso los prejuicios corresponden a una identidad grupal que fija lo que es normal en la propia sociedad  y por tanto cuando lo aplica al extranjero le quiere hacer  encajar en un marco que éste no comparte de modo inmediato. Cuestionarse todo eso da pereza, porque es un esfuerzo, y además desestabiliza momentáneamente hasta que se encuentra una nueva estabilidad de criterio. Viajar, es una buena cura para esto, es decir convertirte en extranjero a tu vez. Conoces in situ la cultura ajena y, una vez inmerso en su realidad, te ves forzado a relativizar tus propios esquemas.

Si se trata de defendernos hacemos que todo valga: generalizar desde una experiencia muy parcial o imaginar la vida idealizándola. Bien es verdad que la idealización solo dura hasta que la realidad  nos dé una lección de cómo es. A menudo sólo sabemos que hemos vivido con algún prejuicio cuando la realidad se revela en toda su crudeza contraria a lo que pensamos y esperamos.

Fuentes de prejuicios son las creencias y las religiones, verdades heredadas o dogmáticas que en sí mismas llevan el marchamo de “no cuestionable”.

Las exigencias del conocimiento objetivo tiene sus reglas de prudencia, pero como bien vio Descartes, la vida no nos espera a que tengamos todo el conocimiento para exigirnos actuar y ante eso el filósofo francés  propone una moral provisional que rija nuestra vida: atender a la moderación, actuar de modo decidido y pensar en cuestionar más tu propio pensamiento que el mundo. (Descartes. Discurso del método, 3ª parte.)

Por Mercedes García Márquez.

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