El fracaso

Al final de la sesión anterior, que  dedicamos a la reflexión sobre la dificultad en tomar decisiones, pensamos en darle continuidad indagando en lo que significa el fracaso, ya que habíamos visto que la constatación del error asociado a una decisión propia es lo que hacía que decidir fuera a menudo evitado o pospuesto. Vimos que era frecuente “dejar a la vida” que decida por ti porque es un modo de no ser tan responsable del posible fracaso.

Arrancó la sesión con nuestro intento de caracterizar el fracaso y vimos que éste tiene lugar allí donde hay expectativas, y que la vivencia es de una pérdida de algo que aún no tienes pero que esperabas tener,  a veces incluso lo dabas por hecho.

Vimos que las expectativas son tanto las propias como las que  otros tienen sobre ti. Y esto nos llevó a detectar que ambas tienen diferentes efectos ya que uno puede ser tenido por fracasado con respecto a estándares convencionales y sin embargo la percepción propia puede en algunos casos la contraria,  es decir de superación con respecto a un estado anterior. Seguimos viendo que sólo tenían sentido las expectativas razonables, es decir con respecto a objetivos alcanzables, ya que las expectativas exageradas son generadoras de un fracaso seguro, de antemano, y vimos cómo el fracaso no solo varía dependiendo de la perspectiva que le apliques sino también del ánimo con que lo sopeses y así resulta que el pesimista “fracasa” más que el optimista.

Vimos cómo el  motivo por el que  el fracaso sienta  mal es que pone en evidencia tus limitaciones. Y eso escuece de primeras aunque luego podamos abordarlo inteligentemente y, tras la comprensión de lo ocurrido, podemos terminar reconciliándonos con nuestra limitación o buscar el modo de superarla.

Nuestra intención de ahondar en una visión realista del fracaso nos obligaba una y otra vez a no escapar a la consideración de que el fracaso es doloroso y que sin duda no obtener ciertos resultados (el ejemplo más claro es el del fracaso escolar) te cierra posibilidades de evolución futuras, pero en cada giro del diálogo aparecía una dimensión positiva: el fracaso se vive con disgusto porque algo se rompe, una expectativa se trunca, incluso un camino se ciega, pero el camino nuevo por el que va a transcurrir la vida tiene sus frutos y a veces, con la suficiente perspectiva y el necesario olvido de lo doloroso,  uno hasta da las gracias por aquél fracaso que dio  paso a un camino no buscado. Nos encontramos con la paradoja de que lo que diseñamos para nuestra vida a veces no es lo que más nos conviene.

Una distinción nos aclaró más sobre el fracaso: no hay que confundirlo con el error; cometer un error no es un fracaso lo que sí es un fracaso es no aprender de él. Y especialmente lo es cuando eso pasa  continuamente, cuando una y otra vez uno no aprende. Se puede decir que por definición un fracaso te sienta mal, pero el aprendizaje que se puede dar con ocasión de haber experimentado una realidad, por dura que sea,  le superpone algo positivo que te alivia y te libera. Es necesario hacer un duelo porque hay una pérdida, pero también es necesario no gastar el tiempo en culpabilidades.

Alguien aporta la idea de que visto con una perspectiva total y global, la balanza de la vida aparece muy compensada entre fracasos y éxitos, la vida es cambio y por tanto unos y otros se suceden casi sin remedio.

Finalmente reflexionamos sobre el hecho de que “antes” no había tantas exigencias de realización personal. En estos tiempos se puede decir que más que un horizonte, la felicidad es una obligación y esto, como vimos con respecto a las expectativas, lo que propicia es un mayor número de ocasiones en las que uno se ve fracasado.

Por Mercedes García Márquez

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