¿Para qué educar?

El hecho de estrenar ubicación invita a realizar esta vez una presentación doble: del café filosófico como tal, y, como es habitual, del tema que nos ha reunido hoy.

Respecto a lo primero, recordamos que el café filosófico es una iniciativa surgida en el seno del Mayo del 68 francés. Los estudiantes y parte del profesorado universitario consideraron que era preciso conectar la universidad con la calle. Por lo que respecta a la filosofía, esto significaba precisamente recuperar sus raíces, recuperar aquella actividad dialógica que, a través de Sócrates, ligó definitivamente su destino al de la cultura occidental.

Pero las plazas de París no eran el Ágora de Atenas. Como las de cualquier ciudad moderna, ya eran más bien un lugar de paso que uno apropiado para detenerse a charlar, para lo que parece que  hoy preferimos sentarnos en torno a la mesa de un café. Esto parecía convertir estos establecimientos en el entorno idóneo para recuperar el diálogo socrático, denominado ahora Café philo. A diferencia de una tertulia convencional, o un debate televisado, en el Café filosófico no se va a defender o persuadir a nadie de postura alguna, sino a compartir tanto lo que uno cree saber  como lo que ignora; se trata de tomar parte en una reflexión conjunta que amplíe la perspectiva de todos los participantes, y que aumente su capacidad de abordar el tema tratado sin prejuicios y con mayor disposición a generar nuevas maneras de pensarlo.

La segunda presentación ha consistido en una breve perspectiva histórica sobre el tema que nos ha reunido. Hoy, nadie discute que la educación constituye un derecho universal, sin embargo esta idea es moderna. La escolarización universal data de la Ilustración y fue llevada a la realidad por primera vez por la República surgida de la Revolución Francesa. Esto hace surgir una pregunta: si hasta la Edad Moderna la educación recibida por un individuo vino siempre determinada por el puesto que le estaba reservado en la sociedad (así, se educaban los hijos de la aristocracia o los candidatos a la vida religiosa), ¿para qué educa la escolarización universal?

Sin necesidad de aportar testimonios de las grandes polémicas que en torno al tema se han desarrollado a lo largo de los últimos tres siglos, durante el café los participantes han tendido a alinearse espontáneamente en torno a las dos posturas históricamente más relevantes: una, aquella que justifica la educación universal en una serie de derechos y fines propios de todo ser humano en tanto que tal. La otra, más escéptica, que sospecha que esa educación universal lo que pretende es uniformizar a los ciudadanos y convertirlos en piezas eficaces de la gran maquinaria de la producción industrial.

Siempre vertebrada en torno a estos dos extremos, la charla ha ido repasando las implicaciones de uno u otro en las diferentes dimensiones de la educación: así, hay quien destaca la importancia de educar en la empatía y la sociabilidad, mientras que hay quien considera más importante desarrollar la capacidad de conocerse a sí mismo y, en cierto modo, educarse. Educar en una moral común, religiosa o no, es un fundamento irrenunciable para unos, mientras que otros consideran más importante la capacidad de establecer cada uno sus principios éticos propios, desde los que pactar en todo caso con los de los demás.

Lo que ha quedado claro es que el tema apasiona y que, sea cual sea la postura mantenida, todos los participantes han intervenido desde la conciencia contradictoria de deber mucho a la educación que han recibido  y, a la vez, experimentar una cierta insatisfacción por la dificultad de liberarse de aquellos aspectos en que sienten que ésta les ha limitado. En todo caso, parece que todos hemos compartido durante un par de horas la tarea de asumir activamente esa herencia, y la conciencia de que siempre está en nuestras manos decidir si la aceptamos y qué hacemos con ella.

Por Henrik Hdez.-Villaescusa Hirsch.

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