¿La vida es teatro?

La madre de Forrest Gump nos decía aquello de “La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar.” El dramaturgo Calderón de la Barca nos regalaba unos versos donde se preguntaba: “¿Qué es la vida?”, para a continuación responder: “Un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción” pues, en realidad, “la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” Jorge Manrique nos decía que “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir...” Y es que muy a menudo se han utilizado metáforas para tratar de definir qué es la vida. Shakespeare hace decir a Macbeth que “la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de rabia y de furia, que no significa nada”, mientras que Charles Chaplin afirmaba que “la vida es una obra de teatro que no permite ensayos”.

Nos podemos preguntar hasta qué punto nos aporta algo interesante la identificación o comparación de la vida con el teatro. ¿Qué ganamos con la metáfora vida-teatro? Nuestro café filosófico Filomanía Barcelona partió de la pregunta inicial para invitar a los asistentes a responder con un “sí” o un “no”. Rápidamente diversas voces se levantaron para defender afirmativamente que la vida es, verdaderamente, puro teatro. Sin embargo, surgieron posiciones diferentes: para algunos, hacemos teatro de manera inevitable, cuando estamos rodeados de gente, ya que el juego social implica ponerse “la máscara” (etimología de la palabra “persona”); para otros, incluso cuando nos encontramos a solas a casa, nuestra conducta continua siendo teatro, ya que también actuamos para nosotros mismos, interpretando el papel que nos han inculcado que hemos de seguir.

A pesar de todo lo anterior, la insistencia en encontrar elementos en común entre la vida y el teatro derivó hacia la asociación entre “hacer teatro” y lo que tiene que ver con la falsedad, la mentira, la ficción, la exageración, etc., que para algunos son el pan de cada día en las relaciones diarias, tanto familiares como laborales. Así, la cuestión del rol, el hecho de tener que acomodar nuestro comportamiento a cada contexto y situación parecía incidir de manera inequívoca en la teatralidad de nuestras vidas. Pero, cuando más parecía que esta identificación entre vida y teatro iba ganando terreno, comenzaron a aparecer críticas que trataban de poner límites a la metáfora, como no podía ser de otra forma, pues dejar de hacerlo implicaría caer en el abuso de la propia metáfora. De este modo, se destacó que no había de confundirse el que en ocasiones nos tuviésemos que comportar de distinta manera según la circunstancia: reunión de amigos, encuentro familiar, entrevista de trabajo, etc., con el hecho de dejar de ser “auténticos”. ¿Por qué suponer que nuestro verdadero “yo” corresponde al modo cómo nos comportamos, por ejemplo, cuando estamos con las personas con quienes tenemos más confianza, dando a entender que en el resto de contextos no es también nuestro yo el que se está mostrando?

Reconocer que uno hace teatro cuando actúa ante los demás, porque lo hace desde una identidad que no es la propia sino desde una que está adoptando para adaptarse a aquello que se espera de él o porque le interesa hacerlo así por la razón que sea, supone partir de una determinada concepción de lo que configura nuestro yo, la cual comportaría una visión un tanto rígida del sujeto, que solamente sería “el mismo” cuando muestra una cara concreta del poliedro que incorpora todas sus posibilidades. El debate acabó recogiendo como todo esto se relaciona con la cuestión de la libertad humana y su capacidad para poder soportar la presión que ejerce la sociedad para tirar adelante en la vida con una mayor o menor dosis de teatralidad. Ya pueden volver a conectar sus teléfonos móviles. La función ha acabado…

Joan Mendez (AFPC)

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