El silencio

Filomanía Barcelona – Julio 2013

El coordinador introduce la sesión esbozando una pequeña historia filosófica del silencio:

¿Qué podemos decir filosóficamente del silencio, cuando la filosofía comienza, precisamente, como pretensión de decir aquello que, en el decir mismo, ha quedado por decir? ¿de cuestionar conceptos que no se han cuestionado todavía?

La Historia de la Filosofía parece la de un progresivo sacar a la luz (o, quizá con más propiedad, dar sonido) a todas esas cosas, conocimientos, valores, etc. que funcionan en silencio. La Ley por la que se pregunta Heráclito es un Lógos, una voz, algo dicho pero no oído, o no escuchado. Hay, para ese primer filósofo (primero junto a los otros primeros) unas palabras que gobiernan el mundo, pero que los hombres no sabemos decir ni escuchar. O la armonía universal de los pitagóricos, esa música que interpretan los cuerpos celestes al recorrer órbitas que armonizan entre sí, y que no podemos apreciar porque no la podemos escuchar, porque nuestros oídos están ya “acostumbrados” a ella, que constituye el fondo sobre el cual podemos apreciar los sonidos imperfectos de la naturaleza y de nuestras actividades humanas. Toda la matemática pitagórica busca entender esa armonía, escucharla, como para que la música humana (la producida por los instrumentos, pero también por las proporciones de las partes de un edificio, o entre las acciones de nuestros semejantes y nuestras reacciones consiguientes) armonice bien con la cósmica, que uno va aprendiendo a escuchar estudiando las relaciones matemáticas que observa en la naturaleza.

Para los griegos de la época clásica no hay silencio, lo que hay es incapacidad de oír. La Filosofía quiere escuchar hablando, porque se trata de una escucha que sólo puede tener lugar por empatía o armonía con lo que no se oye. Sólo se concibe como necesario el silencio de la charla insustancial. Pero el hablar que no es charlar sigue considerándose como una actividad esencial, precisamente aquella que se practica en el espacio central de la ciudad, el Ágora.

El Ágora la recordamos hoy como espacio político, pero hay que recordar que también es el espacio del intercambio comercial. El primer uso desaparecerá en el foro romano, pero con él, también el profundo significado del propio mercadeo. Los dos usos del Ágora no son mutuamente ajenos. El diálogo que tiene lugar también en torno al intercambio de bienes, la estimación de su precio, la valoración de su calidad, y también de la fiabilidad comercial del interlocutor, la concesión de préstamos, el aplazamiento de pagos… todo ese diálogo va mucho más allá de su finalidad práctica. Hay un mutuo reconocimiento de los interlocutores como tales, es decir, como hablantes, y también de las cosas como cosas habladas. La negociación comercial es, por tanto, también política en el sentido de constitutiva de la polis como recinto de convivencia (sólo a oídos de nuestra obtusa mente occidental aparece el regateo practicado en la mayoría de mercados del mundo como un signo de barbarie, retraso o timo al extranjero, y no como la pervivencia de un comercio de alto valor humano, un valor perdido en nuestro comercio del márketing y las ofertas, que son un regateo desprovisto del componente humano).

La cosa cambia con el Cristianismo medieval. La naturaleza pasa a ser Creación por obra del Verbo divino, un habla inescrutable por el hombre. Las palabras humanas resultarán siempre inadecuadas a La Palabra de Dios. Por eso ésta sólo puede ser escuchada en silencio. Como correlato de la contemplación platónica, que tenía lugar en el diálogo en algo que trascendía a su contenido conceptual, nace así la silenciosa contemplación mística, que sólo puede darse ahí donde callan las palabras.

Esta actitud persiste en la filosofía moderna. Lo racional se explora para señalar aquello irracional, no conceptual, en que se sustenta nuestra razón. Pero de la filosofía moderna nos hemos quedado con la parte positiva, con su racionalismo y su método científico, es decir, hemos dejado de lado lo que tenía de filosofía. Este olvido, que nutrirá el pensamiento de Nietzsche, es al que apunta Heidegger cuando, para caracterizar el abismo que nos separa de la filosofía griega, nos dice que “hemos olvidado al Ser”. Escuchamos sólo las palabras, pero esto no es lo mismo que escuchar lo que las palabras callan.

A continuación damos paso al diálogo. La primera pregunta que se plantea es: ¿Se puede hablar del silencio? Esto mueve a diversos participantes a plantear diferentes perspectivas desde las que considerar el silencio: la religiosa, la científica, o la común en las terapias alternativas. El silencio es visto, por unos, como lugar necesario desde el que abordarse a sí mismo. Por otros, como promesa falaz, como herramienta manipulativa, como producción del vacío a ocupar por las palabras del gurú.

Hace también aparición la dimensión ética del silencio. “De lo que no se puede hablar es mejor callar”, escribió Wittgenstein, abrazo de la mística por el otrora filósofo de la lógica, para unos, para otros versión intelectualoide de nuestro castizo “En boca cerrada no entran moscas”, único modo de comprender la sentencia para quién no acepte el presupuesto filosófico, antes expuesto, del valor de lo no-dicho. ¿De qué no se puede hablar? ¿O se trata más bien de que no se debe hablar? Para los más cientificistas el silencio no tiene valor ético alguno, pero el planteamiento de que existe un silencio valiente (como también otro cobarde) genera interés.

El consenso es difícil, pero se va profundizando poco a poco en el origen de la disensión. ¿Es la palabra sinónimo de pensamiento? Aquí parece que llegamos al punto en que se dividen dos cosmovisiones absolutamente diferentes. Si se los identifica, por supuesto, el silencio tiene sólo un valor subsidiario, práctico, de callar lo que sencillamente no es oportuno decir. Si no lo son, es la palabra la que resulta subsidiaria del silencio, imperfecto intento de expresar lo inexpresable.

Nos damos cuenta de que un diálogo sobre el silencio se convierte fácilmente en un diálogo sobre el lenguaje, la filosofía, la ética, la vida, la ciencia… de hecho pocos cafés han resultado tan animados como este. ¿O será, como sagazmente apunta un participante, que más allá de lo que hemos dicho sobre el silencio, nos hemos sustraído con especial saña a practicarlo en esta sesión? Es cierto que nunca “pasa un ángel” en nuestros cafés, pero en éste la organización de los turnos de palabra no ha resultado fácil. Tanto había que decir, que el coordinador ha tenido que dejar, para que los participantes se la lleven a casa, una última cuestión: ¿se puede compartir el silencio?

Por Henrik Hdez.-Villaescusa Hirsch

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