El Respeto

Nuestro café filosófico Filomanía Barcelona de septiembre abordó el tema del respeto. La presentación por parte del conductor de la sesión resaltó la proximidad entre dicho término y otros que se emplean usualmente como si fueran sinónimos. Una muestra de esto la encontramos, por ejemplo, en el concepto de tolerancia, tan presente en la filosofía de John Locke. No obstante, el mismo empirista inglés que tanto insistía en que el Estado tiene que ser abierto de miras y aceptar que dentro de sus fronteras las personas puedan tener las creencias religiosas que les plazca, a su vez defendía que no debía tolerar de ninguna manera la proliferación y desarrollo del catolicismo, el Islam o el ateísmo, dado el peligro que creía advertir, por diferentes razones, en cada una de estas religiones o formas de pensamiento.

Cuando hablamos de que es fundamental, para una buena convivencia entre todos, que la gente se respete mutuamente, en principio todo el mundo muestra estar de acuerdo. Sin embargo, quizá la cuestión sea menos evidente de lo que a primera vista pudiera parecer. Y es que no es infrecuente que alguien en ocasiones, tras comportarse de una manera poco edificante (por ejemplo, contestando sistemáticamente a los demás de una manera brusca y nada amable), pretenda que los demás reciban de buen grado su manera de hacer excusándose en un “lo siento, yo soy así, cada uno es como es”, dando a entender que se debe respetar que él sea y actúe de esa manera.

Más aún, el respeto a las personas ¿ha de incluir el respeto a las opiniones que éstas puedan expresar? Es bastante habitual oír en un debate a alguien expresarse en los siguientes términos: “Ésta es mi opinión. Respétela, igual que yo respeto la suya.” Pero una cosa es respetar a una persona, reconociendo la dignidad que le corresponde como ser humano, más allá de lo que ésta piense, y otra respetar sus opiniones. Porque, ¿qué significa exactamente respetar una opinión? Decía Aristóteles, cuando en sus obras trataba de corregir aquellos aspectos que le parecían menos acertados de la filosofía de Platón que “Debo un gran respeto a mi maestro, pero debo aún mayor respeto a la búsqueda de la verdad”. Cabe destacar, empero, que, sin lugar a dudas, la mejor manera de homenajear a su maestro era precisamente la de intentar llegar más lejos que él, manteniendo siempre su mayor compromiso con la investigación filosófica en pos de la sabiduría.

La cuestión de hasta qué punto deben respetarse todas las opiniones derivó en nuestra tertulia hacia un enfrentamiento dialéctico entre los defensores de la ciencia oficial y los partidarios de las terapias alternativas. Los primeros no dudaron en calificar de charlatanes y embaucadores a los practicantes de dichas terapias, pues denunciaban la falta de rigor y seriedad de sus planteamientos. Aquí había una descalificación no sólo de unas determinadas opiniones o creencias, sino que claramente nos encontrábamos ante un ataque personal hacia un determinado colectivo. Evidentemente, las personas que simpatizaban con estas terapias, así como quienes las practicaban, se sintieron atacadas y “no respetadas”. El conductor finalizó el debate recordando que la historia de la ciencia recogía numerosos ejemplos de cómo teorías que durante siglos habían sido tachadas de erróneas, e incluso disparatadas, con el tiempo habían acabado siendo reconocidas, al menos parcialmente. Por tanto, parece un ejercicio de prudencia no dar por sentado que todo aquello que la ciencia hoy no puede explicar ha de ser necesariamente un fraude. Sin embargo, dado que el método  científico ha dado reiteradas muestras de su eficacia y éxito en múltiples ámbitos, es perfectamente legítimo y sano intelectualmente ser precavido a la hora de dar validez a determinadas prácticas esotéricas que, cabe reconocer, se están multiplicando de forma impresionante en nuestros días y que todo parece indicar que en la mayor parte de los casos estamos ante una verdadera estafa.

Por Joan Méndez (AFPC)

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