Las mentiras

El café filosófico celebrado en Barcelona abordó la temática del papel que juega la mentira en nuestras vidas. La filosofía se ha relacionado siempre con la búsqueda de la verdad, la justicia y el bien. No obstante, las posiciones de los filósofos con respecto a si en determinadas situaciones es lícito recurrir o no a la mentira manifiestan una gran disparidad de opiniones. En el caso de Platón, por ejemplo, nos encontramos con que, cuando nos explica su proyecto ideal de Estado, se justifica que los dirigentes puedan engañar a determinados sectores de la población, siempre que sea con la finalidad de generar un bien para la comunidad. Así pues, su defensa del objetivismo ético y del camino de la virtud como vía de perfeccionamiento del individuo no le impide legitimar la mentira por el bien del Estado, pues a fin de cuentas, la sabiduría que debe caracterizar a los gobernantes debe servirles también para saber administrar con prudencia no sólo cuánta información han de transmitir al pueblo, sino también aquello que nos conviene que crean y consideren como verdaderos.

Immanuel Kant denunciará el inmoralismo de la mentira, incompatible en todo punto con su propuesta del imperativo categórico. Queda claro para el ilustrado de Königsberg que, si el compromiso ético exige que la máxima que rige nuestra voluntad ha de poder ser elevado a principio de una legislación universal, la mentira queda excluida en cualquier caso, pues su generalización absoluta implicaría la destrucción misma del lenguaje y, por tanto, la imposibilidad misma del hecho de mentir. No obstante, pensadores como John Stuart Mill, posicionados en el Utilitarismo, rechazarán el enfoque kantiano al considerarlo excesivamente dogmático, y reclamarán la eticidad de la mentira útil. Según Mill, no sólo está justificado decir una mentira si resulta de ello que la cantidad total de felicidad que se deriva de ello es mayor que la opción de decir la verdad, sino que además en dicho caso sería por tanto la mejor conducta, esto es, la más virtuosa que se podría llevar a cabo. ¿Cómo cuestionar la bondad de mentir en el caso de que sirva para salvar una vida, o para evitar la infelicidad de quien sabemos que no podría soportar conocer un determinado hecho?

Estas preguntas y otras asociadas a ellas animaron el intenso debate que tuvo lugar en la sala cultural de El Corte Inglés. La contraposición verdad/mentira se puso en relación a la de verdad/falsedad, para explorar las conexiones entre una y otra. Mentir quedó retratado como decir o dar a entender lo contrario de lo que se piensa, con la intención de provocar un engaño en el receptor del mensaje. Quedó abierta la cuestión de si además había que añadir a dicha definición el hecho de que hubiese la voluntad de dañar o no al otro. Para algunos, cuando hablamos de las mentiras y declaramos nuestro rechazo a las mismas, damos por sentado que incluimos en ellas el componente de perversidad, por lo que propiamente las llamadas mentiras piadosas o el ficcionalismo presente en el ratoncito Pérez, Santa Claus o los Reyes Magos quedarían aparte. Para otros, cuando faltamos a la verdad deliberadamente cabe reconocer que estamos mintiendo, al margen de si con ello provocamos perjuicio o beneficio en el receptor. Para finalizar, apuntaremos que también se abordó el problema de hasta qué punto podemos hablar del orden económico mundial y el intento de legitimación del discurso neoliberal en términos de mentira institucionalizada. ¿Estamos viviendo en una sociedad que se asienta toda ella sobre una gran mentira?

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