¿Qué entendemos por educar?

En el café filosófico celebrado en febrero en Barcelona el debate giró en torno al papel que juega la educación en la configuración de nuestra propia condición humana. El abordaje filosófico resaltó en primer lugar el hecho de que todos los grandes pensadores de la Historia han atribuido una importancia extraordinaria a la función educativa dentro de la sociedad. Podemos recordar que en el siglo V a.C. tanto los sofistas como Sócrates destacaron por su voluntad de ilustrar a los jóvenes y formarlos en el areté necesario para triunfar en la vida, tanto privada como pública, si bien desde enfoques bien distintos. Y es que, inevitablemente, tanto el método que se sigue en la enseñanza como el contenido de aquello que se pretende enseñar, están íntimamente relacionados con el ideal de persona que tienen en mente los educadores.

Porque, cabe preguntarse: ¿hemos de educar al niño o al joven para que sea capaz de adaptarse a la realidad social en la que se encuentra, dotándolo de las herramientas intelectuales, emocionales y morales que necesitará para poder encontrar un sitio en ella, o más bien deberíamos educarlo para que cobre consciencia de las imperfecciones de nuestra sociedad, con la esperanza de que sea capaz de contribuir el día de mañana, cuando se incorpore al mundo de los adultos, a mejorar el actual estado de cosas?

En la tertulia se apuntó que la educación de los niños pequeños tiende a centrarse más en los aspectos que corresponden al comportamiento ético, tratando de establecer unas reglas de urbanidad, como es por ejemplo que dejen su silla bien puesta cuando marchan de la escuela para casa, pero que según se van haciendo mayores parece que se tiende a poner más el acento en las capacidades intelectuales y pasa a un segundo plano lo que hace referencia a lo que comúnmente se entiende por “buena educación” o ser una persona “educada”. Por ello quizás sea tan habitual ver que muchos de aquellos mismos niños que con 5 años siempre colocaban la silla en su sitio, ahora con 15 años salen de la clase dejándola de cualquier manera. ¿Qué ha sucedido en esos 10 años para que aparentemente vayamos hacia atrás?

También se destacó la cuestión de hasta qué punto se podía tener confianza en los sistemas escolares como ámbitos de transformación social, si resulta que los diseños curriculares y las leyes que gobiernan el mundo educativo están pensados para legitimar y conservar el orden establecido. La discusión acerca de cuáles son las conexiones entre la política y la educación redundaron en el hecho de que por más que ha habido intentos históricamente reconocidos de escuelas alternativas, éstas siempre han acabado quedando como fenómenos de excepción, pues nunca ha habido una apuesta firme por extender sus postulados, aun cuando en muchos casos habían resultado modelos de éxito.

Finalmente, se comentó que no se debe olvidar que el primer agente de socialización es la familia, y que por tanto, hay una serie de valores que deben transmitirse a través de la misma, más allá de que después corresponda a la escuela fomentarlos y consolidarlos. Así, hubo intervenciones que apuntaron que detrás de todo niño problemático hay siempre una familia que ha fallado gravemente en el cometido de su educación. No obstante, hubo quien señaló que había que tener cuidado con esta clase de generalizaciones, puesto que tampoco sabemos exactamente cuánto pueden influir otros factores, como la carga genética por ejemplo, en nuestra conducta. Perfectamente pudiera suceder en algún caso que unos padres se esforzasen por educar a su hijo de manera excelente, con atención, cuidado, etc. pero que aun así no vieran recompensado en absoluto ese esfuerzo y su hijo se comportara constantemente de forma impertinente, irresponsable, etc. Nunca se tiene la garantía plena de que educando de tal manera la persona siempre va a responder como sería deseable, aunque evidentemente la probabilidad de que el niño llegue a ser un adulto educado se multiplica en el caso de que haya recibido una buena formación en todos los sentidos.

Por Joan Méndez (AFPC)

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