Nuestras necesidades, sociedad de consumo y desarrollo sostenible

Los tres últimos encuentros de Café Filomanía en el Centro de Arte de Alcobendas han tenido un especial carácter. Sin salirnos de las características propias de la reflexión dialogada que hemos conseguido, entre todos, fomentar y desarrollar como sello de identidad, los temas han conformado una trilogía sobre las condiciones actuales de nuestra sociedad, nuestro lugar en ella como individuos y sus posibilidades de desarrollo futuro. Así, comenzábamos en nuestro encuentro de diciembre de 2013 cuestionándonos por nuestras necesidades, continuábamos en enero de 2014 con la sociedad de consumo (aprovechando las recientes Navidades como contexto inmediato) y proseguíamos con el desarrollo sostenible en nuestra cita de febrero de 2014.

Necesidades, consumo y sostenibilidad han conformado un triple eje que, si bien nos han llevado a tópicos menos clásicos de la filosofía, han permitido reforzar la idea de que la filosofía debe ser reclamada con urgencia como actitud para cuestionarnos quiénes somos y hacia dónde vamos, tanto individual como socialmente. ¿Son naturales todas nuestras necesidades? ¿Hay necesidades falsas y verdaderas? ¿Puede el consumo satisfacer nuestras necesidades? ¿Es consumo cualquier forma de intercambio de bienes en sociedad? ¿Podemos poner límites al consumo? ¿Es posible sostener ambientalmente nuestra sociedad de consumo? ¿Acaso puede incluso sostenerse indefinidamente como modelo económico? ¿Y como modelo social? Estas y otras preguntas similares han conformado nuestro horizonte de reflexión en los últimos meses.

Comenzamos en diciembre discutiendo y comentado la tantas veces citada Pirámide de Maslow como forma de ordenación jerárquica de nuestras necesidades. La pirámide marcaba una ascensión en el proceso de satisfacción de necesidades y, en esa jerarquía, nuestro diálogo señaló cómo se hacía cargo de la compleja realidad humana, por cuanto contemplaba desde las necesidades más primarias (vinculadas al carácter biológico del ser humano: cuestiones puramente fisiológicas, de supervivencia y de seguridad) hasta las más sublimes, y quizá subjetivas, de autorrealización personal; pasando por las necesidades sociales de integración y reconocimiento social. Sin embargo, se apuntó también acerca de la posibilidad de flexibilidad e interacción múltiple en las escalas de necesidades que define: ¿podría satisfacerse la seguridad personal a través de la integración individual en el grupo? ¿y la necesidad fisiológica de la alimentación a través de la autorrealización a través del arte de la cocina? ¿o la autorrealización entre amigos y en pareja?

Esta posibilidad de mediación no solo subjetiva sino también social de las necesidades nos llevó a pensar en torno a lo que el sociólogo Luis Enrique Alonso denomina “la producción social de la necesidad”. Siguiendo la argumentación que propone, planteamos la cuestión por nuestras necesidades de manera paralela a nuestra naturaleza social: si el ser humano no sólo tiene necesidades especiales vinculadas a su realidad social, sino que además construye instituciones y artificios sociales para satisfacerlas (la Industria, el Mercado, el Estado, la Justicia, la Publicidad…), que a su vez generan nuevas necesidades, ¿tiene acaso sentido preguntarse por necesidades humanas al margen de la sociedad?

Con esta pregunta abierta, el cuestionamiento por la sociedad de consumo se hacía inevitable. De tal modo, en nuestra siguiente sesión, de enero, el hilo argumental se construía acerca de la sociedad del consumo, no ya como estilo de vida, sino también como modelo económico y social. En un contexto postnavideño y de crisis económica como en el que nos hallábamos recién inaugurado el 2014, la sesión se abría intencionadamente preguntándonos acerca de si el consumo nos sacaría de la crisis. Retomábamos así la célebre cita de J. M. Keynes: “lo que ahora necesitamos no es apretarnos el cinturón, sino mantener una actividad expansiva, de actividad: hacer cosas, comprar cosas, fabricar cosas”. En principio, parecíamos ver la posibilidad de que productividad y consumo podían plantearse como medios para la recuperación, en tanto que no sólo posibilitarían el flujo económico, sino también la creación de nuevos puestos de trabajo. Sin embargo, ¿este modelo no nos llevaría hacia la creación, tal y como propone Herbert Marcuse, de falsas necesidades? ¿O incluso hacia la obsolescencia programada de los bienes de consumo en el círculo vicioso de comprar-tirar-comprar?

Se planteaba, entonces, una pregunta de tipo trascendental: ¿qué es consumir? ¿Acaso es consumo toda forma de intercambio, uso o adquisición de bienes? La reflexión colectiva apuntaba hacia cierta connotación moral del consumo que tenía que ver no tanto con la forma de adquisición del objeto en cuestión, sino con el para qué de esa adquisición. La acumulación de bienes sin razón aparente, el “estar al día”, la posibilidad de presumir… se ponían como ejemplos de motivaciones para el consumo. Todo ello nos acercaba a las tesis de J. Baudrillard sobre la “génesis ideológica de las necesidades”, según la cual el consumo relaciona a los objetos con cierto estatus social. De tal modo que, cuando consumimos, no valoraríamos al objeto por su valor de uso, por su valor simbólico o por su simple precio, sino por goces adicionales vinculados a esa distinción o posicionamiento social que me proporciona ese objeto.

En esta valoración moral en torno a la sociedad de consumo, las preguntas que quedaban pendientes apuntaban tanto hacia la posibilidad de un consumo responsable, como hacia la posibilidad de eternizar este modelo económico como modelo de desarrollo, en términos generales. De manera prácticamente espontánea surgía así el tema del desarrollo sostenible como tópico para la siguiente sesión.

Y así llegamos a nuestro encuentro de febrero de 2014, que comenzaba con una breve contextualización y lectura de la definición del propio concepto de Desarrollo Sostenible. Como referencia intuitiva e inmediata se tomaba como definición básica de sostenibilidad la siempre citada frase del Informe Burtland que remite a la capacidad de “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”.

Por supuesto, esta definición se nos aparecía como problemática a la luz de nuestras sesiones previas sobre necesidades y consumo. Sin embargo, como nuevo tema de discusión aparecía la necesidad de destacar que la sostenibilidad no sólo remite hacia el componente ambiental, sino de manera integral hacia lo que institucionalmente se conoce como “tiple cuenta de resultados”, como equilibrio entre la sostenibilidad ambiental, la económica y la social.

Una de los primeros interrogantes que surgían era, tal y como propone el filósofo Jorge Riechmann, por la propia interpretación que se hace social, política, comercial y económicamente del concepto de Desarrollo Sostenible. ¿es un concepto se orientado hacia la creación de un mundo mejor y más justo (a modo de modelo económico y social alternativo)? ¿Se plantea como una forma de corregir algunas de las debilidades de la sociedad de consumo (para poder eternizarla)? ¿O tal vez como etiqueta de marketing que hace de los productos más tolerables en su consumo para los usuarios?. Estas preguntas y reflexiones nos llevaron a detectar al menos tres actores con capacidad de intervenir en la creación de modelos de desarrollo sostenible: las empresas, las instituciones políticas y los ciudadanos.

El papel de las empresas fue rápidamente asociado hacia la instrumentalización de la sostenibilidad conforme a sus fines económicos propios e imposiciones legales; es decir, el diálogo apuntaba a que las empresas aceptarían modelos de desarrollo sostenible bien por obligación, bien como estrategia para aumentar las cuotas de consumo o la posibilidad de perpetuar su modelo de negocio. Respecto a los ciudadanos, otro de los polos que tampoco hubo tiempo para abordar con detalle, se planteaba la posibilidad de su intervención como medida de presión a través tanto de la capacidad de decisión en el acto de consumo (cuestión, por otra parte, muy comprometida y delicada, según habíamos apreciado en sesiones anteriores) como de la capacidad de participar políticamente en contextos democráticos. Con ello, el aspecto que más se abordó en este encuentro fue el político, valorando en primer lugar la necesidad de Estados fuertes, capaces tanto de poner por delante los intereses ciudadanos frente a los empresariales, como de asegurar cauces de participación ciudadana para la toma de decisiones. El reto que se planteaba, y quedaba finalmente abierto, era el de cómo mantener los intereses políticos y ciudadanos por encima de los comerciales en un contexto de capitalismo global en el que las corporaciones multinacionales aparecen como las instituciones dominantes del siglo XXI.

Como siempre, con muchas nuevas preguntas, temas de reflexión abiertos y alguna que otra respuesta, concluíamos (más por falta de tiempo) con nuestra sesión. Con ello, poníamos también punto y seguido a nuestra trilogía sobre la sociedad actual, no sin antes fijar un nuevo tema de discusión filosófica. Para retomar viejos temas, siempre presentes, desde la perspectiva de estas últimas sesiones, acordamos preguntarnos en nuestra sesión de marzo de 2014: ¿es sostenible el amor?

Por Ángel Carrasco Campos

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