La violencia

La violencia siempre ha sido un objeto de debate y reflexión un tanto peliagudo, por cuanto pone sobre la mesa aspectos muy íntimos de las relaciones de cada una de las personas (como un yo individual) en sociedad (a modo de “lo otro distinto a mi yo”). Una contraposición que puede ser falaz, pero que de manera espontánea surge habitualmente en espacios de discrepancia. Sin embargo, en Filomanía aceptamos el reto de planteamientos radicales desde el diálogo y así, nuestra sesión de abril de 2014 en el Centro de Arte e Alcobendas planteo la violencia como tema.

Para comenzar intentando valorar la posibilidad de una primera intuición común respecto a la violencia, se propuso arrancar el diálogo a partir de la definición que recoge el Diccionario de la Real Academia para “violencia”. Pero como en todo juego de diccionario, en el que una definición presupone otra, nuestro espectro de búsqueda hubo de ampliarse al verbo “violentar” y al adjetivo “violento/a”. Estas definiciones aludían en gran medida a situaciones bruscas, contra la voluntad de alguien, o para “vencer su resistencia”, y fuera de lo natural (“contra el natural modo de proceder”,  “fuera de su natural estado, situación o modo”). De estos usos cotidianos recogidos por la Real Academia despertó nuestra curiosidad precisamente esta supuesta relación de lo violento con lo fuera de lo natural. ¿Acaso la violencia es algo fuera del estado natural del ser humano?

En este punto propusimos reflexionar acerca de la propia nutrición heterótrofa del ser humano: si para nuestra subsistencia necesitamos de las sustancias de otros seres, ¿estaríamos hablando de cierta orientación natural del ser humano hacia la violencia? ¿o en tanto que se trata de un comportamiento natural no cabría de tildarse de violento?

Centrados, por tanto, en una reflexión desde la propia perspectiva humana (es decir, dejando fuera del análisis los comportamientos no humano), incorporamos algunos elementos propiamente humanos como la voluntad, la racionalidad, la educación, la cultura. En este sentido, se hacía necesario valorar la relación de la violencia con otro concepto vinculado: la agresividad. Para ello acudimos a un fragmento del filósofo José Sanmartín Esplugues, en el que abordaba la propia definición de la violencia, en sus múltiples manifestaciones.

“La agresividad es una conducta innata que se despliega automáticamente ante determinados estímulos y que, asimismo, cesa ante la presencia de inhibidores muy específicos. Es biología pura. La violencia es agresividad, sí, pero agresividad alterada, principalmente, por la acción de factores socioculturales que le quitan el carácter automático y la vuelven una conducta intencional y dañina” (J. Sanmartín en “¿Qué es la violencia?”).

Del texto más arriba reproducido extraíamos como conclusión, y de acuerdo con Sanmartín, que para ser violento hay que tener intención de dañar, pero ¿bastaba sólo con la intención, o además habría de producirse un daño efectivo? Es decir, ¿podemos juzgar un acto de violento sólo por su intención? Y, además, si esa intención sin consecuencias no fuera percibida por los otros, ¿sería el acto violento?

Proponíamos así como última cuestión para reflexionar (última sólo por cuestión de tiempo), si la violencia, en tanto que asociada a la voluntad de dañar, era algo puramente subjetivo. No sólo en el sentido de si es subjetiva la intención de ser violento, sino además de si la percepción de esa intencionalidad puede ser también subjetiva. Se abrían así nuevas líneas para el debate con las que nos cuestionábamos por la capacidad de dañar a alguien, si reside no sólo en el sujeto que quiere hacer daño (yo quiero hacerte daño), sino también en la sensibilidad de aquel hacia quien se dirige el acto violento (yo, quien padezco ese daño). Como siempre, el tema quedaba abierto y, vinculado hacia esa capacidad de dañar que está presente en la violencia, proponíamos como tema para nuestro encuentro de mayo el tema del poder.

Ángel Carrasco campos

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