Poder y corrupción

En el café filosófico correspondiente al mes de abril en la sala cultural de El Corte Inglés de la Avenida de Puerta del Ángel de Barcelona abordamos en qué consiste el poder, la diferencia entre poder y autoridad, las relaciones que se establecen entre los distintos tipos de poderes fácticos (político, económico, financiero, etc.), así como qué podemos entender por corrupción y abuso de poder. Una de las cuestiones que se trataron en primer lugar fue la de si está en la naturaleza humana la tendencia a la corrupción, o si por el contrario ésta obedece más bien a determinadas condiciones sociales o culturales.

Si algo parece evidente es que cuando hablamos del mal uso del poder en beneficio propio de forma egoísta y en perjuicio de la mayoría, no nos enfrentamos a un fenómeno nuevo. La corrupción en las sociedades humanas, a poco que examinemos la Historia, se halla presente en mayor o menor medida en todas las épocas y lugares, lo cual invita a pensar que algo hay en la condición humana que favorece la aparición de esta clase de comportamiento, el cual, por más que reciba la crítica generalizada en forma de reprobación legal o, como mínimo, moral, no obstante es tan difícil de erradicar. Incluso en algunos países parece existir tal grado de tolerancia o aceptación hacia la misma, que a casi nadie escandaliza el hecho de que la policía cobre “mordidas”, que quienes ocupan determinados cargos políticos aprovechen su situación para recibir “regalos”, etc.

Sin ir más lejos, en nuestro mismo país, no son pocas las personas que se jactan de lo “listas” que son, al estar percibiendo prestación por desempleo o prejubilación y a la vez estar trabajando “en negro”, o que han conseguido dejar de pagar el IVA cuando les han pintado la casa, por ejemplo, o que han comprado una vivienda haciendo constar como precio de comprar uno inferior al real para evitar pagar más impuestos, etc. O también aprovechar que se conoce a alguien que trabaja en un hospital o un juzgado para solicitarle que, si nos hace el favor, evite que tengamos que hacer la cola correspondiente y seamos atendidos antes de lo que nos correspondería. Queda claro que, de todos modos, la gravedad de las acciones en las que alguien se salta las normas dependerá en cada caso de cuánto perjuicio se está ocasionando. Porque en ningún caso parece de recibo que se pueda disculpar la corrupción a gran escala con la excusa de que “todo el mundo es corrupto”.

El maestro Platón, en su famosa República, en el libro III nos habla en el relato del anillo de Giges de un anillo que permitía hacer invisible a voluntad a su poseedor.  Giges, un pastor hasta entonces tenido por todos como una persona ejemplar, cuando por casualidad se haga con dicho anillo según cuenta la leyenda se transformará en alguien que, valiéndose de su poder, se confabulará con la reina y asesinará al rey. Los clásicos eran bien conocedores del riesgo de que incluso el más noble de los hombres, si goza de la oportunidad de cobrar ventaja para su persona o sus allegados al situarse en una posición de aparente inmunidad, acabara corrompiéndose. Por ello en su modelo ideal de Estado decidirá que, a pesar del sumo cuidado que se pondrá para colocar como gobernantes a las personas con una inteligencia y una integridad ética contrastada, propone que quienes ostentan el poder deban someterse a determinadas condiciones: no tener propiedad privada y no poder formar familia. Más allá de que dichas medidas fueran acertadas o no, lo que sí cabe destacar es la clara consciencia que muestra Platón sobre la necesidad de prever el abuso de poder.

Los grandes pensadores políticos de todos los tiempos, como John Locke, Montesquieu, Rousseau, John Stuart Mill, MacIntyre, etc. han coincidido siempre en la necesidad de la separación de poderes para garantizar el control mutuo entre ellos y evitar la dictadura absolutista. Sin embargo, no queda claro que, de hecho, las sociedades democráticas actuales estén logrando esa separación de una manera real. Y cuando el ciudadano percibe que se malversan sus impuestos y que “arriba” hay corrupción, parece que la tentación de defraudar a Hacienda o cometer “pequeñas” acciones corruptas dejan de percibirse como algo inadecuado, para justificarse como mecanismos de autodefensa ante una sociedad injusta.

Joan Méndez

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