El poder de la reflexión

El café filosófico Filomanía Barcelona del mes de junio lo dedicamos a debatir en torno al papel que juega la reflexión en nuestra vida. Para comenzar, recordamos las palabras del viejo Sócrates: Una vida no examinada no vale la pena”. Y es que para el tábano de Atenas, no tiene sentido considerar la existencia como propiamente humana si ésta se halla exenta de toda reflexión. Por ello, algunos autores consideran que si bien todos los animales viven, únicamente las personas existen. Durante el debate, de hecho, apareció la cuestión de si había algún elemento esencial que pudiera caracterizar la diferencia entre los humanos y el resto del mundo animal. Se apuntó como respuesta precisamente la referencia a la capacidad reflexiva, la cual nos permite situarnos a nosotros mismos como objeto de nuestros pensamientos.

Así pues, se destacó en la discusión que, además de pensar, el ser humano piensa que piensa, esto es, posee la disposición de pensar en su propio pensar. Incluso puede ir más allá, como estamos haciendo en este momento, y reparar en que podemos pensar que estamos pensando en nuestra capacidad de pensar, etc., si bien cabe reconocer que prolongar esta recursividad aún más lejos (pienso que pienso que pienso que pienso…) resultaría excesivo. No obstante, la autoconciencia reflexiva de la que está dotado el hombre, al margen de si puedan existir otros seres facultados con la misma condición, resulta fundamental para valorar el nivel de desarrollo y madurez individual de las personas.

Se apuntó en la discusión que dedicar unos cuantos minutos al día para reflexionar sobre cómo hemos actuado durante la jornada, qué hemos hecho o dejado de hacer, cómo nos hemos relacionado con los demás, etc. puede convertirse en una práctica muy saludable. En la medida en que nos regalamos un espacio diario para pensar acerca de aquello que nos mueve, que nos impulsa a seguir adelante, y, en definitiva, se constituye como lo que dona sentido a nuestra vida. De este modo nos apropiamos de nuestro sentir y nuestro hacer, adquiriendo una mayor libertad y autonomía personal.

También se apuntó, no obstante, a que el ejercicio de la reflexión debía saberse hacer bien. Porque, en ocasiones, sucede que nos ponemos a pensar de forma circular, dando vueltas y más vueltas a las cosas sin avanzar un solo paso en ninguna dirección, al regresar siempre al punto de partida. Nos ofuscamos, no somos capaces de ordenar nuestros pensamientos, y entonces caemos en la cuenta de que nuestras reflexiones resultan improductivas, lo cual nos puede llevar a dudar de su misma utilidad, ya no sólo en ese caso, sino en general. Es por ello que cabe también considerar la conveniencia de la reflexión dialógica, es decir, ayudarse de un interlocutor para lograr el progreso en el examen de nuestras creencias y sentimientos. En este sentido, contar con la colaboración de un asesor filosófico puede ofrecernos un gran servicio.

Para acabar, apuntaremos que en algunos momentos del debate se planteó si la intuición y la reflexión eran operaciones mentales contrapuestas o no. Hubo quien apuntó que hay veces que uno ha de tomar una decisión, y por más que su razón señala que lo mejor sería elegir una determinada opción, hay algo, a lo que podríamos llamar “intuición”, que nos dice que hagamos otra diferente, y que en muchos casos acertamos más cuando obedecemos a ésta última. Sin embargo, hubo cierto consenso al final sobre que la reflexión no tenía por qué identificarse estrictamente con la razón lógica, sino que la reflexión personal debía escuchar todos los elementos que se hallan presentes en el yo: emociones, recuerdos, pasiones, valores, conocimientos, ideas…, y también las intuiciones que se nos despiertan y que nos invitan a seguir una dirección. Vista así, la reflexión se situaría como una actividad mental integradora y holística, que recoge la máxima pascaliana de que “el corazón tiene razones que la razón no entiende.”

Por Joan Méndez Camarasa

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