Generosidad y humildad viciosa. René Descartes

Art. 156. Cuáles son las propiedades de la generosidad y cómo sirve de remedio contra todos los desórdenes de las pasiones.

Los que son generosos de este modo son naturalmente inclinados a hacer grandes cosas, y al mismo tiempo a no emprender nada de que no se sientan capaces; y como no estiman nada más grande que hacer el bien a los demás hombres y despreciar el propio interés, es siempre Perfectamente corteses, afables y serviciales con todo el mundo. Y además son enteramente dueños de sus pasiones, especialmente de los deseos, de los celos y de la envidia, porque no hay nada cuya  adquisición no dependa de ellos que juzguen tan valioso como para merecer ser muy deseada; y del odio a los hombres, porque  los estiman a todos; y del miedo, porque les preserva de él la confianza que tienen en su virtud; y de la cólera, en fin, porque, no estimando sino muy poco todas las cosas que dependen de los demás, jamás otorgan tanta ventaja a sus enemigos como para reconocer que éstos les hayan ofendido.

Art. 159. De la humildad viciosa.

En cuanto a la bajeza o humildad viciosa, consiste principalmente en sentirse débil o poco resuelto, y, como si no se tuviera el pleno uso del libre arbitrio, no poder menos de hacer cosas sabiendo que luego pesarán; consiste también en creer que no se puede subsistir por si mismo ni pasar sin algunas cosas cuya adquisición depende de otros. Es, pues, directamente opuesta a la generosidad; y ocurre a menudo que los que tienen el espíritu más bajo son los más arrogantes y soberbios, de la misma manera que los más generosos son los más modestos y más humildes. Pero, mientras los que tienen el espíritu fuerte y generoso no cambian de humor por las prosperidades o adversidades que les ocurren, los que lo tienen débil y abyecto están a merced de la fortuna, y tanto los ufana la prosperidad como humildes les torna la adversidad. Hasta se ve a menudo que se rebajan vergonzosamente ante aquellos de quienes esperan algún provecho o temen algún daño, y que al mismo tiempo se encaraman insolentemente sobre aquellos de quienes no esperan ni temen nada.

René Descartes en Tratado de las pasiones del alma

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