La generosidad

Arrancamos el 18 de septiembre nuestra cita mensual de Filomanía en el Centro de Arte de Alcobendas. Un nuevo encuentro que servía de inauguración de una nueva temporada entre filosofía y amigos. Con ilusiones renovadas, nuevas caras y veteranos compañeros y compañeras, nos enfrentamos ante el abismo de un tema eterno y siempre de actualidad: la generosidad.

Quizá sin ser uno de los grades lugares comunes de la historia de las ideas, la generosidad sí ha sido uno de esos valores asociados a las relaciones humanas respecto a los que ha habido, y seguirá habiendo, interesantes reflexiones. En nuestro caso, para romper el hielo de esta primera sesión, arrancamos desde la lectura de dos fragmentos de nuestros clásicos: uno de F. Nietzsche sobre la generosidad y lo que se le parece, y otro de Descartes acerca de las propiedades de la generosidad y su diferencia respecto a la humildad viciosa. En estos fragmentos aparecían ya concentrados algunos de los tópicos que, poco a poco, fueron sucediendo el diálogo colectivo.

Tras identificar en los textos algunas de esas cuestiones que irían desgranándose en intervenciones sucesivas (las motivaciones del acto generoso, la significación social de la generosidad, la existencia de dificultades para distinguir el acto generoso del interesado…), llegó pronto la pregunta por el propio significado de la propia palabra “generosidad”. Intuitivamente parecía haber cierto acuerdo a la hora de comprender la generosidad como capacidad de realizar actos desinteresados de donación/dación (dar al prójimo de manera desinteresada). La alusión de uno de nuestros compañeros a la primera acepción del Diccionario de la Real Academia parecía confirmar esa intuición común inicial, pero añadía elementos de complejidad a la cuestión. La definición escogida planteaba, en su primera acepción, la generosidad como “inclinación o propensión del ánimo a anteponer el decoro a la utilidad e interés”. ¿Acaso el acto generoso, además de ser desinteresado, debía ser también inútil?

Por supuesto, la pregunta del animador, en su radicalidad, escondía cierta trampa, por cuanto la utilidad del acto generoso, tal y como se argumentaba de manera generalizada, podría darse, aunque de manera accidental (no necesaria). Sin embargo, esa radicalidad abría un nuevo espacio de debate, en torno al valor y las consecuencias del acto generoso. ¿Es la generosidad de un acto una cualidad que depende de quien realiza el acto o de quien lo recibe? Es decir, ¿calificamos de generoso a alguien cuando esa persona ofrece algo a quien necesita aquello que se le ofrece, y por tanto en tanto que acto consciente de ayuda? ¿O esa persona es generosa sólo por lo que ofrece, al margen de que esa ofrenda resulte o no de ayuda a quien la reciba? Esta dimensión del diálogo nos llevaba a ejemplos como la caridad, el apoyo a causas benéficas, las acciones de voluntariado…, todos ellos actos que, de manera cotidiana, solemos considerar como generosos. Pero la utilidad de esos actos, como fin último en el cual siempre piensa alguien cuando intenta ser generoso, parecería contradecir la definición de la Real Academia.

Como propuesta para salir del dilema, se apuntó que quizá el reto de los límites de la generosidad podría radicar no tanto en la intencionalidad última de nuestros actos, sino en la significación que socialmente se atribuyen a esos actos. Hechos como la presión social (implícita o explícita) o el sentimiento de culpa por tu fortuna ante aquellos menos afortunados podrían resultar motivaciones, puede que veladas aunque socialmente aceptadas, para ser generosos (qué pensarán de mí los otros, o incluso qué pensaré de mí mismo si no soy generoso) pero que, por otra parte, parecerían contradecir la esencia de la generosidad: la ya mencionada subordinación del interés y de la utilidad respecto al decoro y honestidad. Pues si bien parece legítimo que, como corolario o efecto añadido de un acto generoso, tenga lugar un sentimiento de satisfacción con uno mismo (o de grandeza, como apuntaba el fragmento de Descartes, o euforia, como lo hacía el de Nietzsche), quizá la búsqueda de ese sentimiento de satisfacción (o de limpieza de conciencia) como fin último de nuestros actos sería razón suficiente para dejar de calificarlos como generosos. El enorme reto, en gran medida de introspección, radicaría entonces en saber tomar conciencia de las verdaderas motivaciones de nuestros actos.

En relación con esta cuestión de las motivaciones y condiciones de posibilidad de la generosidad surgía un elemento más de debate, para seguir reflexionando. En este caso, nos proponíamos adentrarnos también el origen del acto generoso. En otras palabras ¿somos generosos cuando ofrecemos desinteresadamente aquello, material (dinero, alimento, ropa) o inmaterial (tiempo, atención, cuidado), que tenemos en abundancia? ¿O ser generoso tiene que implicar necesariamente algún tipo de esfuerzo? Por supuesto, la pregunta situaba de nuevo en el centro las valoraciones sociales de la generosidad, dado que acostumbramos a valorar de manera más positiva un acto generoso cuando dicho acto va acompañado de una renuncia por parte de quien ofrece (cuando se da lo poco que se tiene, o cuando ofreciendo a los otros alguien renuncia a sus propias necesidades), e incluso exigimos con insistencia generosidad (quizá sin esa valoración positiva) de aquellos que más tienen. De tal modo, a modo de apunte final, quizá el reto de distinguir la generosidad de otras actitudes resida no sólo en un examen de conciencia, para discriminar nuestras motivaciones, sino también en una crítica social, para analizar las significaciones que atribuimos como conjunto.

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