La ética

¿Qué es la ética? ¿Cómo debemos actuar? ¿Hasta qué punto podemos mantener una actitud ética si queremos funcionar eficazmente en nuestra sociedad? ¿Cuál es la diferencia entre moral y ética? ¿En qué medida los valores nos pueden ayudar a vivir mejor? El café filosófico Filomanía correspondiente al mes de diciembre en la sala cultural de El Corte Inglés de la Avenida de Puerta del Ángel de Barcelona abordó todas estas cuestiones y otras relacionadas con ellas.

Como es habitual, la sesión se inició con una breve presentación por parte del conductor del café filosófico, en la que se apuntó las etimologías de los términos “moral” y “ética”, para a continuación definir la ética como aquella rama de la filosofía que se ocupa de la fundamentación de la moral. Y es que, si bien a nivel social o a nivel individual podemos ver que se regulan las acciones humanas a partir de la consideración de que unas acciones son correctas o buenas y otras inadecuadas o malas, la discusión propiamente filosófica nos sitúa en el ámbito de los porqués. Así pues, la pregunta filosófica, en tanto que interrogación sobre el sentido, nos impulsa a indagar en virtud de qué determinamos que unos comportamientos son calificados de una u otra manera.

Apareció bien pronto en el debate la cuestión de si podemos considerar que los valores morales tienen necesariamente un carácter subjetivo, o si por el contrario se pueden asentar sobre alguna base objetiva. A partir de la aparente humorada de Groucho Marx en su famosa frase: “Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros.” se planteó la dificultad con que las personas se pueden encontrar en numerosas ocasiones cuando perciben que mantenerse fieles a sus principios puede suponer un riesgo, por ejemplo, para conservar el puesto de trabajo. Ello nos llevó a contemplar cómo puede resultar más o menos fácil o cómodo defender determinados valores cuando su defensa no nos compromete especialmente, y cuán comprensivos podemos llegar a ser con nosotros mismos en su incumplimiento cuando se complican las cosas.

Ahora bien, hubo un acuerdo bastante unánime cuando se distinguió entre relativizar los valores y ser flexible en su aplicación si se da el caso de que hay que elegir entre lo malo y lo peor (jugar la carta de la hipocresía social o no poder dar de comer a tu familia), y lo que sería actuar saltándose la ética movido por la ambición y el egoísmo, que parecen haber imperado en los abundantes casos de corrupción política que no dejan de aparecer en los medios de comunicación. No reparar suficientemente en esta diferenciación da lugar a que se escuche en ocasiones afirmaciones del tipo: “todo el mundo en el fondo defrauda, cada uno en el nivel que puede”, que dan a entender que somos todos iguales, de modo que en realidad nadie es inocente completamente y por tanto todo es una cuestión de grado y de oportunidades.

También se plantearon durante la sesión algunos dilemas morales, como el dilema del tranvía, que sirvieron para poner de manifiesto si había una mayor tendencia entre los asistentes hacia el utilitarismo, la teoría del deber kantiana o la moral cristiana, entre otras. La aplicación de las propias convicciones éticas en casos concretos donde hay que definirse con un sí o con un no y que no permiten respuestas intermedias suponen siempre un buen test para cualquier teoría sobre los valores.

Joan Méndez

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