La manipulación

El pasado jueves 11 de diciembre despedimos el año anticipadamente con nuestro último encuentro de 2014 en el Centro de Arte de Alcobendas. En esta ocasión, nos reuníamos para hablar acerca de un tema siempre conflictivo: la manipulación.  Para romper el hielo, la sesión arranca con el visionado de los primeros minutos de la película “La cortina de humo” (1997) y con la lectura de los principales puntos de las 10 estrategias de manipulación mediática (un texto que habitualmente se le atribuye a Noam Chomsky, a pesar de haber desmentido su autoría en varias ocasiones).

Los materiales con los que iniciábamos parecían llevarnos hacia temas concretos como la manipulación política o mediática. Sin embargo, la conscientemente pretendida gran amplitud del tema nos permitiría explorar diferentes aspectos de la manipulación de una manera radical, propiamente filosófica. Así, desde el comienzo aceptamos que los fragmentos visionados y leídos serían una buena excusa para plantearnos en qué consiste la manipulación en un sentido general.

Uno de los primeros apuntes a los que nos conducía nuestro diálogo filosófico era vincular la manipulación hacia el control, interesado e intencionado, de otras voluntades. Estas primeras tentativas vinculaban la manipulación a las relaciones de poder entre seres humanos. Más allá de la política o de relaciones de autoridad, cualquier relación interpersonal sería susceptible de interpretarse en términos de relación de poder (¿acaso como pulsión demasiado humana, casi en términos de la voluntad de poder de F. Nietzsche?). Habría que dilucidar, en cualquier caso, si toda manipulación se realiza de manera consciente; es decir, si aquel que manipula es siempre consciente de su deseo de controlar situaciones como si dependieran de sí mismo, o si esa pulsión por el control es algo tan arraigado en nuestro ser (tal y como somos o hemos llegado a ser) que, incluso de manera inconsciente o impensada, todos somos manipuladores (¿y manipulados?) aun sin ser conscientes de ello.

A partir de esta aproximación general comenzaron nuestras consideraciones acerca de qué argumentos podían emplearse para manipular. Se señalaron a este respecto uno de los tópicos habituales de nuestras sesiones: nuestras necesidades, sean de tipo biológico, social, cultural, afectivo…. Con ello, se situaba en el centro del debate cómo en muchas ocasiones son terreno de batalla por la manipulación aspectos inherentes al ser humano (en sus múltiples dimensiones: social, animal, emocional), tales como el querer ser amado, nuestros impulsos sexuales, la necesidad de alimento o el reconocimiento social. Aquello que necesitamos (o que creemos necesitar, o que se nos induce a necesitar, tal y como discutimos en encuentros pasados) se convertiría de tal modo no solo en nuestro camino de autorrealización, sino también en talón de Aquiles de nuestra autonomía… y, con ello, en argumentos con los que ser manipulados.

Como siempre que se hace filosofía, la pregunta por la verdad, la mentira y la falsedad sobrevolaba todo nuestro discurso… y finalmente fue plateada de manera abierta. Sin embargo, no de una manera estrictamente ontológica (qué es la verdad, existe la verdad), sino para valorar su lugar en el terreno de la manipulación. ¿Es el manipulador un mentiroso? ¿Tiene el manipulador la intención de distorsionar lo que él o ella cree como verdadero? Se tanteaban, de tal modo, los límites entre persuadir, influir, seducir… y manipular (¿es acaso todo acto de querer influir en los demás un acto de manipulación?). Como posible criterio de delimitación se apuntaba a que, quizá, hablamos habitualmente de manipulación cuando la intención de control por parte de quien manipula es una intención velada (es decir, no somos conscientes de que otro quiere manipularnos), mientras que en la persuasión o la seducción sí somos conscientes de la intención del otro de llevarnos a su terreno. En cualquier caso, toda delimitación siempre conlleva elementos críticos en sus fronteras. Pensemos, por ejemplo, en el caso de la publicidad subliminal: ¿seduce, influye, persuade? ¿manipula?

De nuevo surgía la relación entre manipulación y conciencia, aunque ahora como posible antídoto: ser conscientes de las intenciones comunicativas del otro supondría una buena defensa ante actos de manipulación… o, al menos, la posibilidad de estar en guardia. Pero, ¿cómo adquirir conciencia de intenciones ocultas, ya sean políticas, comerciales, sociales, afectivas…? La información y la educación se postulaban como primeras respuestas, pero una reflexión más profunda nos llevaba a cuestionarnos si acaso la información y la educación podrían ser, también, actos (velados) de manipulación por parte de quienes informan y educan. Como vía de escape de la paranoia conspirativa en la que nuestra lógica discursiva parecía encontrar un callejón sin salida, se señalaba hacia la participación como defensa ante la manipulación. Sólo si participamos de aquellos asuntos que nos atañen y tomamos un papel activo en cómo, de qué, para qué, y por quién queremos ser informados y educados podríamos (tal vez) enfrentarnos a una realidad tan extensa e inabarcable que cualquier grieta podría ser argumento para ser manipulados.

Por supuesto, eso situaba mayor peso en cada uno de nosotros como sujetos responsables de nuestras vidas y nuestros destinos, pero… ¿hasta qué punto somos responsables de nuestras vidas? Con esta pregunta abierta el tiempo de nuestra sesión finalizaba, y dejábamos un interrogante para nuestra sesión de enero, primera de 2015.

Ángel Carrasco Campos

Share

¿Tienes algo que comentar?

Nombre (Obligatorio)

Mail (no será publicado) (Obligatorio)

Web

Tu comentario

*