¿Cómo nos afectan los estereotipos?

Como cada mes, Filomanía retoma su convocatoria habitual del Centro de Arte de Alcobendas el pasado 10 de marzo de 2015. En esta cita, la pregunta escogida para la reflexión fue “¿cómo nos afectan los estereotipos?”.

Siguiendo el esquema habitual, al comienzo de la sesión toma la palabra el coordinador y animador de los encuentros, aunque en esta ocasión no arrancaba el encuentro con citas o reflexiones de filósofos clásicos, sino con tres piezas audiovisuales sobre temáticas estrechamente vinculadas a los estereotipos: el canon de la belleza, las diferencias entre hombres y mujeres y el mundo de la publicidad (ejemplo para el que se escogió el clásico anuncio del producto de limpieza Tenn, y la evolución de su personaje protagonista, “el mayordomo”, en spots de los años ochenta, los años noventa, la primera década del siglo XXI y la actualidad).  Se intentaba, con ello, un anclaje material como eje de la reflexión, de modo que no olvidásemos que una de las propuestas de Filomanía es pensar desde lo colectivo la realidad que nos rodea.

A partir de los fragmentos visionados y de las primeras intervenciones surgieron dos intuiciones claras y estrechamente relacionadas: en primer lugar, que los estereotipos tienen algún tipo de relación con la realidad (a pesar de que no tengan la intención de reproducir fielmente la realidad), y en segundo lugar que, si la realidad es cambiante, los estereotipos también son cambiantes (no son fijos ni estáticos). Habríamos de resolver, entonces, estas cuestiones. Precisamente una de las primeras objeciones encontradas fue que si los estereotipos no tienen voluntad ni intención de transmitir la realidad, ¿acaso son una mentira socialmente reconocible o establecida? Asumiendo que toda mentira nace de una voluntad manifiesta de ocultar la realidad, quizá el estereotipo tenga una naturaleza híbrida, próxima a la realidad, por ser esta fuente de su inspiración, pero también muy cercana a la mentira, en tanto que distorsión de la realidad en clave de exageraciones y simplificaciones.

En este terreno farragoso e indeterminado, entre lo verdadero (en tanto que correspondencia) y lo falso (como falta de correspondencia, e incluso ocultamiento), aparecía entonces la cuestión principal del encuentro: ¿cómo nos afectan los estereotipos? Esta pregunta nos llevaría a la construcción social del estereotipo, ante la cual surgían dos alternativas: por una parte, los estereotipos podrían ser espontáneos, fruto de nuestro trato cotidiano con la realidad y la necesidad social de simplificarla y acotarla; si, como sostiene W. Lippmann “El verdadero ambiente es, en su conjunto, demasiado vasto, demasiado complejo y demasiado fugaz para el conocimiento directo” los estereotipos podrían surgir como construcción social para el trato cotidiano con la realidad. Sin embargo, si los estereotipos se construyen con una intención directa de simplificación, podría pensarse en ellos como instrumentos para la manipulación, a través de la simplificación.

En cualquiera de los dos casos, parecería que en virtud de su simplicidad, los estereotipos por una parte contribuyen a un trato más accesible con la complejidad de la realidad, pero por otra parte esa simplificación jugaría en contra, precisamente, de toda la riqueza y diversidad que caracterizan a esa realidad. En este sentido, el principal conflicto relacionado con la temática del encuentro era la sensación de sentirse atrapado por un estereotipo; es decir, cuando el estereotipo se convierte en prejuicio (una de las temáticas abordadas en encuentros anteriores) y limita de antemano nuestras percepciones de la realidad. A fin de cuentas, el estereotipo es una manera de etiquetación de la realidad, y toda etiqueta no sólo describe aquello que es etiquetado, sino que también condiciona lo que podemos encontrar (y no esperamos encontrar) en aquello etiquetado (por tanto, marcan no sólo cómo es –aun parcialmente- la realidad, sino también como esperamos que esa realidad sea y se comporte).

El gran interrogante final era, entonces, el de cómo romper o cambiar los estereotipos. Si, como reconocimos al inicio de la sesión, los estereotipos son históricamente cambiantes, ¿está en nuestra manos cambiarlos? ¿O la única opción es esperar que la realidad cambie para que, en un segundo paso y siempre por detrás, cambie después el estereotipo con el que se etiqueta aquello que ha cambiado (en un intento de mantener estable una realidad de suyo cambiante)? A fin de cuentas, todo estereotipo es modificable sólo a partir de aquello que no cabe en él: la excepción. Pero, ya sabemos el dicho popular: la excepción confirma la regla… y si no la confirma, la regla (en este caso, el estereotipo) acaba modificándose para que el estereotipo pueda acoger aquellos casos excepcionales y marginales que inicialmente no cabían en su definición. Pensamos, en este punto, de nuevo en los casos con los que se inició el encuentro; más concretamente en los estereotipos de “hombre” y “mujer” socialmente reconocibles, y como sólo a través de casos excepcionales y, en su momento revolucionarios, han podido romperse estereotipos pasados… aunque hayan servido de germen de nuevos estereotipos. Quizá, por tanto, la lucha contra el estereotipo y su injusticia (no necesariamente en un sentido moral, sino también ontológico: la injusticia de que un estereotipo, por propia definición, no pretende ser fiel espejo de la realidad), sea una lucha eterna ante la cual no nos queda otra que estar permanentemente en guardia… si acaso pretendemos una existencia en la que poder disfrutar de (o enfrentarnos a) todos los matices no estereotipables.

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