¿Es posible la perfección?

Con el Centro de Arte de Alcobendas como habitual punto de encuentro, el pasado 12 de mayo nos reuníamos un mes más para ejercitar la filosofía mediante el diálogo colectivo. En esta ocasión afrontábamos el reto de abordar la pregunta acerca de si es posible la perfección. Tarea insondable, a pesar de que ha sido lugar común de la reflexión filosófica desde sus orígenes. Así se atestiguaba con una rápida lectura de la entrada “perfección” del Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora, en la que se hacía un breve recorrido histórico acerca de la propia idea de lo perfecto en la filosofía occidental. Una primera definición proponía lo siguiente:

“Se dice de algo que es perfecto cuando está «acabado» y «completado» de tal suerte que no le falta de nada, pero tampoco le sobra de nada para ser lo que es. En este sentido se dice de algo que es perfecto cuando es justa y exactamente lo que es”

«perfección» en Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora

Esta definición, intuitiva e incluso casi canónica, de lo perfecto pronto se situaba en contraposición con otra de las afirmaciones también habituales e intuitivas: “todo lo que existe puede ser mejorado”. De tal modo, si relacionamos ambas sentencias: ¿es posible la perfección?.

Como alternativa, algunos participantes sugerían la posibilidad de plantear una definición negativa de la perfección, hablando de lo perfecto como algo “sin error” y “sin contradicciones” respecto a lo que es. Sin embargo, en este punto, el reto se situaba en determinar si podemos, por tanto, hablar de algo perfecto en términos objetivos o quedaba esta cuestión del lado de la subjetividad. Es decir, si lo que es perfecto se nos presenta a todos de una manera suficientemente clara y unívoca como perfecto, o si depende de nuestros propios criterios personales, marcados por gustos, experiencias personales, valores, rasgos culturales, etc. Pues quizá lo que para alguien puede ser algo perfecto, para otro alguien (en un momento histórico diferente, en una civilización diferente, bajo unas circunstancias, valoraciones o necesidades diferentes) pudiera ser que no lo fuera.

De fondo de estas observaciones estaba una cuestión mucho más radical y trascendental acerca de la perfección. Más allá de su carácter subjetivo u objetivo, se planteaba la cuestión de si lo perfecto se debía afirmar en términos absolutos o relativos. Es decir, si el gran reto de lo perfecto no es simplemente ser perfecto en algo concreto, sino ser perfecto en todas las posibles determinaciones (estar libre de error o de contradicción en todos los aspectos). Usamos habitualmente expresiones como “el marido perfecto/la esposa perfecta”, “el amigo/a perfecto/a”, “el regalo perfecto”, “el utensilio perfecto”… refiriendo la perfección a una sola determinación de lo real (es decir, haciendo de la perfección algo relativo a concreciones puntuales del ser: un amigo, una amiga, un regalo, una pareja, etc. ). Sin embargo, ¿sería posible hablar de algo como perfecto en todos los sentidos? ¿Es posible ser a la vez una pareja perfecta para tu pareja y un amigo perfecto para tus amigos? ¿Es posible que un regalo perfecto sea a la vez un utensilio perfecto?

Nuestras respuestas en este punto planteaban cierta dualidad: quizá en nuestra imaginación sí sea posible la perfección en términos absolutos, mientras que en la realidad esta perfección absoluta sería algo inviable, por cuanto resultaría fácil caer en contradicciones. Difícilmente, por ejemplo, una lavadora (un utensilio “perfecto” en tanto que máquina para lavar ropa) podría ser un regalo perfecto; o más difícil todavía, un amigo perfecto ser también un empleado perfecto, un padre perfecto, un amante perfecto, un marido perfecto…

Situados en este punto, se planteó la posibilidad de definir la perfección como un ideal que nos impulsa al cambio y a la mejora. Es decir, conscientes de la dificultad de alcanzar la perfección, podría asumirse al menos el valor normativo de la perfección como vara de medida para mejorar determinadas facetas de nuestras vidas. Idealmente esta posibilidad parecía encontrar cierto acomodo: puede que no seamos perfectos, pero este ideal de perfección nos sirve como guía de nuestras acciones. Aun con todo, la perspectiva filosófica de no dar nada por sentado planteaba un nuevo reto: pudiera ser que esos ideales de la perfección se situaran socialmente como modelos bajo ciertos intereses concretos (precisamente de quienes se encuentran en disposición de definir algo como “perfecto”). Así, quizá, ese marido-amigo-amante-empleado… perfecto al que aludíamos idealmente en nuestro anterior ejemplo pudiera ser simplemente un modelo de perfección fruto de un momento histórico concreto y unas relaciones sociales concretas… bajo unos intereses concretos. Puesto que si, según planteábamos al inicio, la perfección parece algo difícil de darse en el ser humano, ¿qué ser humano (o colectivo) es capaz de determinar, definir o reconocer sin prejuicios ese esquema regulativo que, se supone, podría ser la perfección?

Angel Carrasco Campos

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