El suicido

El café filosófico del mes julio en Barcelona lo dedicamos a debatir acerca del suicidio. Al iniciar el encuentro el moderador hace una breve presentación recordando la frase inicial con la que el existencialista Albert Camús arrancaba su ensayo titulado El mito de Sísifo: “Existe un único problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.” Y es que, en cuanto cobramos conciencia de nuestra condición mortal, no sólo descubrimos como decía Martin Heidegger, que el ser humano es un ser-para-la-muerte, sino que además reparamos en el hecho de que a partir de ahora seguir viviendo pasa a ser decisión nuestra, puesto que podríamos, si quisiéramos, dejar de hacerlo.

Se recordaron algunas de las obras clásicas sobre el tema, como el tratado del sociólogo E. Durkheim, o el estudio de los suicidios en Menorca llevado a cabo hace unos años por parte de Salvador Cardús y Joan Estruch. Si Durkheim había examinado el suicido atendiendo a cómo distintas variables tales como el clima, la insularidad, la organización social, etc. reflejaban en las estadísticas de tasas de suicidio mantener una clara correlación, en el caso de los segundos en su obra Plegar de viure, traducida al castellano como Los suicidios, mostraban su rechazo a hablar de “el suicidio” en singular, ya que ello siempre nos lleva hacia una aproximación a dicho fenómeno en términos excesivamente abstractos e intelectualistas, con el fin de destacar que cuando uno se acerca al suicidio de María, de Antonio, de Luis… advierte que cada caso es singular y que las motivaciones que han resuelto a cada uno a actuar de dicho modo son particularísimas.

Las intervenciones de los asistentes fueron en la línea de subrayar que, si bien aquello que puede inducir a una persona a quitarse la vida pueden ser muy variadas, en todos los casos lo que sucede es que el individuo está sufriendo, por causas físicas y/o psicológicas, y además ha perdido toda esperanza de que la situación que está viviendo pueda revertirse de ningún modo. Según algunas opiniones, cuando un ser humano se halla en este estado de padecimiento más desesperación cabe interpretar que se encuentra bajo el efecto de un trastorno mental, seguramente un cuadro depresivo, por lo que podemos preguntarnos si quien decide quitarse la vida lo hace desde el ejercicio de su libertad personal, o más bien actúa sometido por la tiranía que impone en ella la enfermedad que padece.

Se comentaron casos reales, como el de Ramón Sampedro, la hermana de Leticia Ortiz, o el de Henri Roorda (relatado por él mismo en el libro Mi suicidio, justo antes de cometerlo) y también otros cinematográficos, como el del joven actor de El club de los poetas muertos o la boxeadora de Milion dollar baby. Asimismo, apareció la cuestión de los suicidas kamikazes, la inmolación, etc. No obstante, en dichos casos, el objetivo fundamental no es el acabar con la propia vida, sino el de causar numerosas bajas en quien alguien reconoce como el enemigo (como se nos relata que habría hecho Sansón), de modo que la muerte de uno mismo es un efecto no deseado, pero asumido en nombre de una causa mayor. Tampoco se considera suicidio dar la vida por otro en un acto heroico y amoroso.

Decía Nietzsche, tal como recordaba Víktor Frankl en su El hombre en busca de sentido que “quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. El tema del suicido está íntimamente unido al del sentido de la vida. Encontrar un sentido a la vida, o construirle uno si nos parece que ella misma no lo trae “de serie” se revela como algo fundamental a la hora de tomar esa decisión de mantenerse en pie. Sin perder de vista, tal como recoge Jorge Semprún en el título de uno de sus libros que Vivir es resistir”.

Se habló también sobre el efecto Werther o efecto contagio, que hace que los medios de comunicación tiendan a silenciar este tema, no haciéndose eco del aumento tan grande de la tasa de suicidios que está habiendo desde el año 2008. La crisis económica y social está disparando el número de suicidios no sólo en Grecia sino también en nuestro país, y ya es la principal causa de muerte en los jóvenes entre 16 y 25 años. Durante siglos la condena religiosa que impedía un entierro en el camposanto a los suicidas supuso que muchos casos se taparan y no se reconocieran como tales. En la actualidad, los gobiernos siguen ocultando la importancia de este fenómeno, amparándose en el efecto Werther. Parece ser que la publicidad de los suicidios de personas famosas como Marilyn Monroe o Kurt Cobain dieron lugar a numerosos suicidios de gente joven poco después, y ello justificaría que los medios tengan mucho cuidado en difundir noticias al respecto. Sin embargo, esta misma prudencia complica que se pueda disponer de datos fiables y que la población pueda conocer la dimensión real del suicidio en nuestra sociedad.

Para acabar, se apuntó la idea de que las personas hemos de mantenernos alertas para detectar cuándo nuestra mente está entrando en un proceso autodestructivo que la lleva a interpretar cuanto hace y cuanto le rodea en clave pesimista. El diálogo interno puede convertirse en un ejercicio de autodesprecio, en el que sólo hacemos que recrearnos en una mirada negativa sobre todo y sobre todos, donde además nosotros mismos podemos llevarnos la peor parte: “no valgo para nada”, “soy un absoluto fracaso”, etc. Saber detectar los mecanismos por los que nuestra mente se desliza hacia esta clase de pensamientos y descubrir cómo atajarlos y no dejar que se adueñen de nosotros es vital para ser capaces de esa resistencia. La capacidad de resiliencia, de saber sobreponerse a las adversidades, de saber superar las frustraciones, desengaños o fracasos, es esencial para evitar quedar atrapados en las espirales negativas. Para lograrlo, hay que aprender a amarse a uno mismo. De modo que este va a ser el tema de nuestro próximo café filosófico Filomanía, que tendrá lugar el jueves 10 de septiembre: ¿cómo podemos aprender a amarnos a nosotros mismos?

Joan Méndez (AFPC)

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