¿Para qué sirve la empatía?

Retomamos en octubre un nuevo ciclo de diálogos filosóficos en el Centro de Arte de Alcobendas. Después de unas vacaciones (que ya van quedando lejos), este es un momento de reencuentros y felices nuevas incorporaciones que siempre celebramos. Debemos agradecer, por supuesto, a quienes nos apoyáis y hacéis posible con vuestra presencia y participación este espacio de reflexión colectiva y dialogada. Sois todos vosotros y vosotras quienes dais sentido a este espacio.

Nuestra reunión se centra en esta ocasión en el tema acordado tras nuestra pausa veraniega: ¿para qué sirve la empatía? Por supuesto, y como es manera habitual, la primera tarea colectiva era la de someter a discusión la propia definición de “empatía” para descifrar el límite, alcance e implicaciones de ese término. Como punto de inicio, tomamos la definición propuesta por el Diccionario Herder de Filosofía, según la cual:

Empatía: (del griego “en”, dentro, y “pathos” de “paskho”, sufrir algo, experimentar) Traducción del término alemán (Einfühlung), que J.G. Herder y otros aplicaron a la intuición o contemplación estética. En ese sentido, significa que la belleza de un objeto está en relación, se identifica, con el sentimiento de quien lo contempla, o “se siente dentro”. Los estéticos ingleses del s. XVIII, Hutcheson, por ejemplo, emplearon la palabra “empathy” con el mismo significado.

Al margen de las cuestiones eruditas de la definición (aspecto alejado del propósito de nuestros encuentros, centrados en “filosofar” y no tanto en “hablar sobre filosofía”), esta primera aproximación nos situaba ante la empatía como sentimiento que se padece o experimenta subjetivamente. La problemática filosófica en este punto surgía a la hora de descifrar su naturaleza. En tanto que sentimiento o incluso intuición”, ¿se trata la empatía de un proceso sometido a crítica? Es decir, abriéndonos a la polisemia originaria del término “crítica”, ¿es posible ser selectivos con quienes sentimos empatía? ¿podemos someterlo a un proceso racional y decidir con quien ser o no ser empáticos?

Siguiendo las tesis de Jeremy Rifkin sobre La civilización empática (vídeo que proyectamos durante el encuentro), la empatía tendría que ver con cierta forma de solidaridad hacia nuestros semejantes, en tanto que capacidad para experimentar en nuestra piel las emociones que esos semejantes sienten. Por tanto, la empatía no se trataría de un simplemente “comprender” racionalmente lo que otros sienten o ser capaces de ponerse en lugar del otro, sino directamente de padecer lo que otros padecen. La empatía nos llevaría así a tomar conciencia de nuestra similitud con otros seres (humanos o no: amigos, familiares, mascotas…) con los que compartimos nuestras alegrías y frustraciones, pero por otra parte, esa capacidad empática demarcaría los límites de nuestra comunidad: somos empáticos con quienes consideramos afines, y no empáticos (¿anti-páticos?) con quienes consideramos radicalmente diferentes o cosificamos como algo ajeno. En la empatía estaría en juego la capacidad de compartir emociones y así construir un “nosotros” colectivos por lo que, de nuevo, ¿podemos marcar limitaciones racionales respecto a ese “nosotros” construidos colectivamente, o acaso nuestra sensibilidad y capacidad empática nos llevan emocionalmente a ampliar cada vez más los lazos comunitarios con quienes nos rodean y sentimos como semejantes?

La pregunta abierta tendría implicaciones en términos de solidaridad, colaboración y confianza, sobre todo en un mondo global cada vez más interconectado en el que las comunicaciones (desde los transportes a las tecnologías de comunicación) nos hacen sensibles a alegrías y penas de seres y comunidades distantes geográficamente con base en nuestras afinidades. Pero, con las ampliaciones de las fronteras físicas y morales que lleva consigo un mundo globalizado, ¿estaríamos expuestos, cada vez más, a sufrir por el sufrimiento ajeno (por supuesto, también a alegrarnos con sus alegrías)? De tal modo, los límites, capacidades y posibilidades de un mundo globalmente empático nos llevaban directamente a una pregunta por nuestras posibilidades de ser felices. Si asumimos el riesgo de abrirnos hacia la empatía con cada vez un mayor número de semejantes, puede que aumenten nuestras posibilidades de infelicidad por las infelicidades de otros… pero aumentando también las posibilidades de felicidad por la felicidad de otros. La cuestión particularmente a resolver cada cual es si acepta ese reto.

Ángel Carrasco Campos

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