La ira

El pasado martes día 12 iniciamos el año 2016 con un nuevo encuentro de Café Filomanía en el Centro de arte de Alcobendas. Para esta ocasión, habíamos acordado dialogar acerca de uno de los temas que han marcado nuestra civilización desde sus mismos orígenes: la ira. A este respecto, comenzamos por recordar el comienzo del “poema más antiguo escrito de la literatura europea”: la Íliada:

“Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves —cumplíase la voluntad de Zeus—desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles”

Homero en La Ilíada

Si la irá (en el fragmento anterior, en términos de cólera) y sus consecuencias forman parte del imaginario colectivo occidental, nos proponíamos en esta ocasión indagar en qué medida esta “pasión del alma que causa indignación y enojo”, o “apetito o deseo de venganza” (según define la Real Academia Española) está presente en nuestra vida cotidiana y puede llegar a condicionar nuestra realidad y relaciones personales.

El ecuentro dio comienzo con la lectura de un breve fragmento del texto de Séneca De la ira, en el que esta pasión es definida como “locura breve” (por tanto, “enemiga de la razón”) que “olvida toda conveniencia, desconoce todo afecto, es obstinada y terca en lo que se propone, sorda a los consejos de la razón, [e] inhábil para distinguir lo justo y verdadero”.

A partir de este fragmento, la ira nos remitía hacia diferentes emociones que experimentamos de manera habitual: resentimiento y frustración. Con todo, en nuestro propósito por hacernos los cuestionamientos radicales que demanda el ejercicio filosófico, el debate giraba pronto hacia las causas  y consecuencias de la ira. Para ello fue de utilidad acudir a la proyección de unos breves minutos del documental del divulgador Alain de Botton sobre la figura de Séneca y sus reflexiones sobre la ira.

El documental nos traía como ejemplos cotidianos de fuente de ira nuestra experiencia en los atascos y otros escenarios conflictivos al volante, propias de las sociedades modernas. Si reflexionamos tal y como lo haría Séneca, la causa de nuestra ira en estas situaciones que se nos escapan de las manos sería, precisamente, el tener una visión demasiado optimista sobre aquello que se nos escapa de las manos. Es decir, la ira aparecería como indignación cuando aquello que no depende de nosotros (las acciones de otras personas, la realidad, o incluso las fuerzas de los elementos –pongamos, las condiciones climatológicas) frustran nuestros planes y visión del mundo. A este respecto, nuestra refexión colectiva apuntaba cómo la ira podría tener, de tal modo, su origen en nosotros mismos y en nuestra incapacidad de comprender o asumir nuestras propias limitaciones, así como las limitaciones de quienes nos rodean y del propio entorno en el que vivimos.

Esta perspectiva nos situaba ante la necesidad de asumir las limitaciones de nuestra libertad, si acaso queremos evitar la ira. El clásico ejemplo sería el de pensarnos como “perros atados a la parte trasera de un carro”. Si nuestra construcción racional del mundo obvia que nuestras decisiones y emociones dependen de cuestiones que están más allá de nuestra voluntad, la experiencia de la ira podrá aparecer como parte de nuestra frustración; sin embargo, si nuestra construcción racional del mundo asume que, como el mencionado perro, nuestras acciones están condicionadas y limitamos nuestro margen de libertad a lo que exclusivamente depende de nosotros, probablemente tendremos mayor capacidad para evitar la ira.

Surgían así varias recetas contra la ira que pasaban desde la ya apuntada necesidad de asumir nuestras limitaciones derivadas de los condicionamientos externos, hasta la ya clásica máxmia  del “conócete a ti mismo”, pasando por ejercicios de empatía (tema ya abordado en pasados encuentros), e incluso una visión más pesimista de la realidad que nos llevase a bajar nuestras expectativas (si nos ponemos en lo peor, quizá no experimentemos ira ni frustraciones, sino ciertas alegrías o sorpresas).

Este último apunte, no obstante, nos llevaba a un nuevo (interrogante. Para evitar la ira, ¿debemos necesariamente conformarnos con la realidad en la que vivimos? Esta perspectiva nos lpodría conducir hacia cierto inmovilismo social con el que no todos los participantes se sentían cómodos. Quizá en este punto la receta, de nuevo, sería examinar aquello que depende de nosotros y separarlo de lo que no depende de nosotros. Tal vez este ejercicio de instrospección social nos llevase a averiguar que determinadas cuestiones y situaciones que los poderes fácticos enfatizan en asumir como inevtiables, quizá no lo sean y sí puedan ser cambiadas. A este respecto, la ira se podría plantear también desde un punto de vista optimista o positivo, vinculada a nuestra capacidad de discernir lo justo de lo injutso. De tal modo, la ira se postulaba como una especie de radar o brújula emocional de lo que podemos considerar injusticias, de tal modo que si quisiéramos intentar hacer de ira una pasión que no permaneciera en el plano de la frsutración, probablemente deberíamos examinar racionalmente (individual y socialmente) nuestras definiciones de la justicia (aquello que nos parece justo o injusto) y determinar qué es lo que depende de nosotros (indiviual y socialmente, de nuevo) en un ejercicio de instrospección colectiva (conocernos a nosostros mismos, como sociedad) para poder cambiarlo.

Ángel Carrasco Campos

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