Filósofos: en qué sentido viven o hablan de la soledad

Un gran grupo lo constituyen los que quieren estar o están solos. Incluye aquí a un Nietzsche condenado a la soledad  “Las ideas al uso, las morales que encubrían la humana realidad, condenaron a Nietzsche a vivir en una soledad absoluta de donde no puede volver. Pero en su soledad de enamorado, atacó sin tregua a todo lo que le separaba de la convivencia de los hombres. Amó sin tregua ni descanso por encima de sus propias ideas, de sus propias doctrinas. Tal fue su tragedia.

En esta tragedia Nietzsche nos recuerda “Dice Aristóteles que para vivir en soledad hay que ser animal o dios. Falta aclarar que hay que ser lo uno y lo otro: filósofo”[1]

También está Cioran “Fuera de la música, todo, incluso la soledad y el éxtasis, es mentira. Ella es justamente ambos, pero mejorados.” Y, seguramente al más representativo defensor de la soledad, Schopenhauer: “La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”[2] o “Sólo se puede ser totalmente uno mismo mientras se está solo: quien, por tanto, no ama la soledad, tampoco ama la libertad; pues únicamente si se está solo se es libre”.

Otro grupo, mucho menos numeroso, son los que más que solos lo que quieren es estar muertos. Seguramente algunos existencialistas extremos donde la abrumadora omnipotencia de Lo Otro imposibilita la salvación en este mundo, haciendo incluso que la propia soledad surja como estado de imposible realización. “L’enfer, c’est les autres” grita Sartre frente a la puerta cerrada. O los que como Camus o Deleuze que intentan asaltar la absurdidad del mundo desde la tanatofilia o el suicidio.

Otro grupo bastante grande y actual son los que como Sócrates o Platón prefieren las compañías reducidas y selectas. Discretos y selectos en las compañías algunos afirmarían que “mejor solo que mal acompañando” y otros flirtearían con el elitismo, llegando delegar la soledad individual al grupo volviendo a éste solitario y reacio respecto a otros grupos.

Por último, más reducido que el anterior, el grupo de los más sociables. El conductor vuelve a citar a Nietzsche, en este caso como crítico con la soledad “Hay que volver a la muchedumbre, su contacto endurece y pule, la soledad ablanda y pudre”.

Es curioso que el filósofo conocido como Ἀναγνώστης (anagnostes – lector), paradigma de persona solitaria, sea el que mejor representa al grupo.  Aristóteles que con su definición de hombre como ζῷον πoλιτικόν (zoon politikón – animal político) nos avisa de que la soledad no es un estado deseado.

De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social, y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre. Como aquel a quien Homero vitupera: Sin tribu, sin ley, sin hogar, porque el que es tal por naturaleza es también amante de la guerra, como una pieza aislada en el juego de damas.

Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios

La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano y el hombre es el único animal que tiene la palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y eso es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.

Aristóteles, Política, Madrid, Biblioteca Básica Gredos, 2000, 1253 a

[1] El crepúsculo de los ídolos

[2] El mundo como voluntad y representación. Prólogo a la 2ª edición.

Por Humbert Ruiz www.mimesis.cat

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