El Alma

Comenzamos un nuevo diálogo filosófico en Barcelona con dos noticias: una mala y una buena.

La mala es que el filósofo admite no saber qué es el alma, desconoce cuánto pesa, cuánto mide, de qué color es y cualquier otra característica. Ni siquiera sabe de su existencia con seguridad.

Afortunadamente tenemos una buena noticia: el filósofo moderador sí sabe en qué consiste un diálogo filosófico y propone tres reglas para poder iniciarlo, mantenerlo y disfrutarlo:

1.- Evitar monólogos, soliloquios e intervenciones para auto-lucimiento con sobreexposición de conocimientos.

2.- Evitar glosario de anécdotas y/o experiencias personales. Se trata de aportar argumentos. Un ejemplo a modo de ilustración puede ser positivo, pero enumeración de casos aislados conduce a diálogo de sordos.

3.- Intentar formular una pregunta al resto de participantes al final de cada intervención e intentar aportar respuestas a las preguntas que vayan surgiendo.

¿Y cual es el objetivo del diálogo filosófico?

El objetivo es reflexionar, que se nos muevan cosas, que reconsideremos lo que dábamos por sentado, por sabido, dando lugar así a la posibilidad de reconsiderar, revisar lo preestablecido y ampliar conocimiento gracias a la participación y colaboración de todos los asistentes.

Breve presentación de lo que algunos filósofos han considerado sobre el alma: Platón como la dimensión más importante del ser humano, encarcelada en el cuerpo y por lo tanto con una visión dual. Aristóteles como la esencia. Aquello que define al ser y por lo tanto con una perspectiva más unitaria.

Se inicia el diálogo con una primera definición del alma: un suspiro…y tras el suspiro llegan algunas aproximaciones más a lo que sería una definición de alma: autenticidad, energía, lo más profundo del ser. También surgen la contraposición ego versus alma, e incluso la negación de la misma considerándola un invención del ser humano. Una variedad rica muy apropiada en el contexto de un diálogo filosófico.

Y por fin aparecen las preguntas, las reflexiones:

-       ¿De dónde viene el alma? ¿Cuál es su origen?

-       ¿Existe el alma?

-       ¿Alma y espíritu son la misma cosa?

-       ¿Los sentidos son una expresión y una herramienta del alma?

-       ¿Nos acordamos del alma sobretodo en los momentos difíciles?

-       ¿El alma se puede degenerar al igual que el cuerpo?

-       ¿Tienen alguna relación el alma, el corazón y la vida?

Las aportaciones son fluidas pero parece que todas van en un sentido afín. Momento en que el filósofo moderador intenta dar un giro y llevar a los asistentes a considerar lo que la mayoría no había considerado:

¿Qué pasa si mañana en el telediario prime time la comunidad científica comunica que se ha demostrado más allá de toda duda razonable con evidencia científica que el alma no existe?

La respuesta unánime es murmullo inquieto y algo incómodo. Pronto aparecen las primeras respuestas: “eso es imposible”, “no nos lo creeríamos”, “que digan lo que quieran”, “yo seguiré creyendo en ella porque a mi me funciona la idea de su existencia”, etc, etc.

Se pone de manifiesto el apego del ser humano a sus creencias y su resistencia a abandonarlas. Incluso en el supuesto de que la ciencia las contradiga. Naturaleza humana en estado puro.

Se acerca la conclusión del tiempo para el diálogo filosófico. Recapitulamos. Tal vez no hayamos podido demostrar nada pero parece que gracias a la puesta en común algunas consideraciones cercanas a la unanimidad han aparecido:

-       No sabemos con certeza de la existencia del alma pero sí sabemos que su concepto está arraigado en nosotros. El concepto de alma como algo que nos es útil para vivir y sobrevivir existe (ya sea con existencia independiente o creado por necesidad humana).

-       La definición que más acuerdos tendría sería la de energía.

Felicitaciones a todos y particularmente a todos aquellos que aportaron preguntas y a aquellos que trataron de responderlas y reflexionar sobre ellas.

El diálogo filosófico concluye. Esperemos que las reflexiones continúen.

Próximo tema: ¿Nada pasa porque sí?

Filósofo coordinador:  Jaume Sabater

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