Filomanía Alcobendas: ¿El éxito de la mediocridad?

¿Listos para el nuevo curso? Os esperamos el jueves 5 de octubre a las 19h. en el Centro de Arte Alcobendas para disfrutar de nuestros habiltuales espacios de reflexión filosófica.

El tema: ¿El éxito de la mediocridad?

Coordina: Ángel Carrasco Campos

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Inteligencia emocional

¿Una cuestión de colores y temperaturas?

Humbert Ruiz señala a los presentes que no hará un marco introductorio a la tertulia ya que, en gran medida, todos los asistentes tienen una idea precisa de los que es la inteligencia, las emociones y de cómo necesariamente se relacionan. Pese a ello advierte de la dificultad y complejidad del tema, así mismo pide evitar en caer en tópicos o planteamientos dualistas.

A primera vista la “inteligencia emocional” aparenta ser un oxímoron, un concepto antitético, una contradicción en los términos como lo son las expresiones  “madera de hierro”, “caos organizado”… ¿Es cierta esa apariencia? o ¿hasta qué punto?

Para iniciar propiamente el café filosófico el moderador propuso a los participantes responder de forma rápida y escueta a un par de cuestiones iniciales:

  1. Asociar un color a las emociones (en general)
  2. Asociar una temperatura a la inteligencia (en general)

Salvo algunas excepciones, el ámbito de las emociones se asoció con el color rojo (y también con el  violeta, el amarillo…), así mismo, el calor y una temperatura alta fueron algunas de las palabras atribuidas a las emociones. Para el ámbito de la inteligencia los colores más representativos fueron el azul, el gris y el blanco, aunque también estuvieron presentes el amarillo y el rosa. La temperatura baja, en casos tendiente al cero absoluto.

Estas respuestas, esperables según el filósofo, no son más que la constatación de una estructura de definición mental (psíquica) ya presente en Platón, explotada por Descartes y sobre la que se basa el concepto de inteligencia emocional que Goleman acuña y propone: la existencia de dos ámbitos antagónico uno racional y otro racional (incluso fisiológicamente localizados) que requieren de una relación organizada para el sujeto, tradicionalmente entendida como el control o represión de las emociones o pasiones por parte de la inteligencia o razón.

Núcleos de debate

Tras las preguntas iniciales y las primeras intervenciones de los participantes se fueron configurando diversos núcleos de debates que, de diversas formas e intensidades, atravesaron toda la tertulia.

Algunas de las intervenciones se decantaron por los intentos de definición. Sobre las emociones algunos las ligaban a reacciones fisiológicas programadas en nuestro ADN (heredadas de conductas ancestrales), otras voces señalaban que era posible fomentar las buenas y controlar las malas. Sobre la inteligencia, para algunos la capacidad de resolver problemas en diversos ámbitos, para otros la adaptación al medio. Otras reflexiones apostaron por la conexión de la IE con otros conceptos: voluntad, equilibrio, humanidad, empatía o valores.

Otro tema que suscito mucha reflexión fue la existencia de múltiples inteligencias. Para los presentes era obvio la existencia de diversidad de emociones, algunas amigables o buenas (alegría p.e.) y otras dañinas o malas (ira p.e.) pero en el caso de la inteligencia no parecía haber una idea común entre los participantes: ¿existe una inteligencia con diversidad de aplicaciones o son diversas las inteligencias?  Un señor precisó la existencia de tres inteligencias (racional, emocional y fisiológica). Otro apuntó la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner (expuesta en “Frames of Mind” 1983). El propio filósofo moderador comentó la posibilidad de no sustantivar la inteligencia y solo adjetivarla o mostrarla en cómo miramos, cómo tocamos, cómo amamos…

Muy relacionado con el tema anterior fue la cuestión de si la inteligencia o las inteligencias, al igual que las emociones, las hay de buenas y malas o por el contrario, la inteligencia siempre lleva asociadas buenas connotaciones. En este punto el moderador y los asistentes constataron con diversos ejemplos del siglo XX  la frialdad y brutalidad de una inteligencia descarnada y fría. En este sentido unas de las aportaciones acotó: al igual que algunas emociones necesitan el contrapunto de lo racional parece que la inteligencia necesita el contrapeso de las emociones.

Otras aportaciones explicaron la diversidad de ámbitos en la que la IE tiene aplicación. Algunos parecen más propicios como la familia, la escuela o los amigos donde las relaciones humanas de desarrollan de forma no mediada por lo económico (o al menos no es los prioritario). En el ámbito empresarial así como en la política, según los asistentes, la aplicación de la IE es deseable aunque es difícil o de forma casi anecdótica ya que lo “racional”, lo “inteligente” viene mesurado por los económico (prioritariamente)

Con menos presencia pero significativas fueron algunas de las aportaciones que mostraron la conexión de la inteligencia emocional con la filosofía. El moderador Humbert Ruiz comenta que Daniel Goleman, populariza el concepto de IE en su libro Inteligencia emocional, publicada en 1995. La cita que da inicio al mismo es una frase de Aristóteles:

“Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”

En ese mismo libro, hay todo un capítulo dedicado a la actualización de la máxima délfica “Conocete a ti mismo”, El filósofo recuerda las menciones hechas en el inicio a Platón (Mito del Auriga, Fedro - 246a-254e) o al planteamiento de Descartes. Añade algunas notas sobre la teorización nietzscheana sobre Apolo i Dioniso y unos apuntes sobre problemas de teoría del conocimiento.

Ya casi al final de la tertulia aparecieron un par de interesantes conexiones entre IE  y la tecnología. Por un lado se planteo la relación entre IE y IA. ¿Cómo es o será la relación entre Inteligencias emocionales y inteligencias artificiales?, ¿se asimilaran o competirán? Por otro lado surgió el debate de los emoticonos. ¿Son realmente un lenguaje para expresar emociones o es un lenguaje que empobrece nuestras emociones? Hasta el momento el lenguaje escrito dificultaba su expresión o solo parecía posible hacerlo en los juegos del lenguaje poético o literario.

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Filomanía Barcelona: El orgullo

Comenzamos un nuevo curso listos para compartir otro Café Filomanía. Os esperamos el  jueves 14 de septiembre a las 19h en El Corte Inglés Avinguda Portal de l’Àngel (Planta 6) para seguir reflexionando en grupo.

El tema: El Orgullo

Coordina: Jaume Sabater

¡No os lo perdáis!

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La humildad

El jueves 8 de junio tuvo lugar Café Filomanía en Barcelona cuyo tema fue “La Humildad”.

El término humildad deriva del latín y tiene varias acepciones. Establecimos como punto de partida respecto a su significado el conocimiento de las propias debilidades y limitaciones; así como restar importancia a los logros y virtudes reconociendo defectos y errores.

Con el fin de situarlo en el marco filosófico citamos brevemente la concepción dispar que de la humildad tenían Immanuel Kant que afirmaba que la humildad es la virtud central de la vida al brindar una perspectiva apropiada de la moral y Friedrich Nietzsche que, en contraste, consideraba la humildad una falsa virtud que esconde las decepciones de una persona. Para Nietzsche la humildad iba en contra del impulso vital.

Se pidió a los participantes que a medida que intervenían aportaran alguna cualidad que suelen tener las personas humildes e iniciamos el café filosófico partiendo de algunas preguntas a los asistentes:

¿La humildad es un valor?
¿Cultivamos la humildad como sociedad?
¿Podemos alcanzar la excelencia de nuestras cualidades desde la humildad?
¿Qué lugar tienen reservado los humildes en nuestra sociedad?
¿Debemos ser humildes hasta las últimas consecuencias?
¿Qué es la falsa humildad?

A lo largo del diálogo aparecieron interesantes reflexiones y aparentes contradicciones como el hecho de que una persona humilde en el momento que autoproclama su humildad deja de serlo.

En general se consideró la humildad como algo positivo aunque como sociedad resulte que nuestras portadas mediáticas y conversaciones no sean protagonizadas por personas humildes. Algunos fueron más allá y argumentaron que la humildad no existe, que es una invención humana. Cabe destacar aquí que la humildad no es algo que se encuentre en estado natural en los hombres, carece de sentido; sino que aparece exclusivamente en contexto social.

Profundizando en la existencia real de la humildad se aportó la reflexión de que quizás lo que realmente subyace en la humildad es la empatía, la capacidad de ponerse en la posición de otro ser y en consecuencia ser considerado para con sus sentimientos y emociones, la cual cosa hace a los
humildes no celebrar con ostentación los logros para no herir la sensibilidad de aquellos que quedaron en el camino.

Las cualidades generalizadas que se aportaron sobre las personas humildes fueron que eran personas que no hablaban de ellas mismas, que no envidiaban, pobres (nótese en el uso habitual del lenguaje como pobre es considerado sinónimo de humilde), que no se jactaban, que no juzgaban y que eran sencillas.

Partiendo de esa breve lista de características el filósofo moderador hizo una breve explicación, siquiera un apunte, sobre la hipótesis que Nietzsche ofrece sobre el origen de la moral cristiana en su libro “La genealogía de la moral”.

En esta obra Nietzsche argumenta mediante el análisis del contexto histórico y la psique humana que el cristianismo no nace del amor al prójimo sino que su génesis se encuentra en el profundo rencor y odio que los débiles tenían respecto a los poderosos.

En definitiva resultó ser un café filosófico vivo, con intercambio de interesantes reflexiones y con pertinentes matizaciones respecto al significado y relación entre conceptos como humildad, baja autoestima, soberbia, ambición, etc.

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Filomanía Alcobendas: La mala educación

Llega el verano, y antes de tomarnos unas vacaciones, nos reunimos para despedir nuestro último café filosófico. Luego nos volvemos a ver en septiembre con la misma energía y entusiasmo de siempre para seguir filosofando en grupo.

Os esperamos el jueves 29 de junio a las 19h. en el Centro de Arte Alcobendas (3º planta) para filosofar sobre: La mala educación

¡Nos vemos!

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Trilogía sobre política y sociedad: formas de gobierno, populismo y posverdad

Durante nuestros últimos encuentros de Filomanía en el Centro de Arte de Alcobendas hemos desarrollado temáticamente una especial “trilogía” sobre política y sociedad, girando nuestras tres reflexiones mensuales sobre tres temas diferentes (todos, como siempre, escogidos por el conjunto de los participantes).

El primero de los temas fue abordado a partir de una muy concreta, pero igualmente compleja y delicada, pregunta: ¿quién nos tiene que gobernar? Dando por hecho que la propia pregunta presupone la posibilidad de que podamos decidir quién debe gobernarnos, la pregunta no podía eludir un replanteamiento de las formas de gobierno y sus desviaciones analizadas por Aristóteles para plantearnos, desde el comienzo, el alcance y las limitaciones de la democracia. Sin embargo, más allá de esté clásico de la filosofía política, incorporamos también la breve lectura de un fragmento de La rebelión de las masas de Ortega y Gasset en el que se plantea el concepto de hiperdemocracia. Así, si la democracia podía caer, según Aristóteles, en desviaciones en las que resulte ser no ya un gobierno para el interés común sino un gobierno para el “interés de los pobres”, la hiperdemocracia resultaría un gobierno en el que “la masa actúa directamente sin ley (…) imponiendo sus pretensiones y sus gustos”. Estos análisis y lecturas nos situaban ya en el primero de nuestros dilemas: si cuando actuamos en colectivo (y también individualmente) corremos el riesgo de ser injustos y velar solo por nuestros intereses, ¿debemos asumir ese reto y atrevernos a gobernarnos nosotros mismos? O, añadiendo mayor complejidad al asunto: aunque pudiéramos actuar justamente hacia el interés común, ¿podría ser que el propio poder fuera en sí mismo fuente de corrupción?

Posibles respuestas a este interrogante pasaron por formas de tecnocracia hasta propuestas más de tinte ilustrado que abogaban por la educación como vía para una disposición ética básica para el buen gobierno, pasando por originales reflexiones sobre un posible “carnet por puntos ciudadano” u otras más clásicas, basadas en el incentivo de la participación ciudadana en las formas de gobierno y toma de decisiones como mecanismo de distribución de la responsabilidad y supervisión de lo gobernado. Sin embargo, todas las repuestas y reflexiones posibles dejaban siempre un vacío acerca de los límites y alcance de la comunicación y la libertad de expresión como formas de persuasión política en la sociedad actual. Esta cuestión quedó pendiente de abordaje para nuestro siguiente encuentro, en el que acordamos como tema el espinoso y actual concepto de populismo.

Para comenzar asentando las bases de este siguiente encuentro, se inició la sesión con la lectura de dos fragmentos sobre el populismo de Manuel Arias Maldonado y José Luis Villacañas, dos figuras de la filosofía española contemporánea, en los que reflexionaban sobre este concepto. De ambos fragmentos y autores se obtuvieron dos ideas claras: que el populismo se asienta sobre una idea de “soberanía popular” basada en la oposición entre el pueblo y las élites sociales a partir de una “valoración positiva del pueblo y la denigración de la elite”; y que esta interpretación del antagonismo social se nutría de un contexto social de “complejidad extrema” en el que surgen “poderosos afectos” que marcan los discursos públicos. Al margen del consenso inicial respecto a esta definición, la sesión estuvo marcada por interesantes reflexiones enfrentadas que, por una parte, valoraban favorablemente al populismo como termómetro del malestar social (la aparición de populismos sería indicador de un descontento con los poderes fácticos y, por tanto, podría interpretarse como motor del cambio social), mientras que por otra interpretaban el discurso populista como una visión reduccionista y superficial del conflicto social, suponiendo una fuerte homogeneidad tanto en las élites “perversas” como en la voluntad popular que demanda la transformación de las relaciones de poder.

Para continuar la reflexión sin desviarnos de la temática, que permanecía todavía abierta al final de nuestro encuentro, se propuso continuar en la siguiente cita con el tema de la posverdad puesto que, en tanto que “verdad emotiva”, define las emociones y los afectos como terreno de juego en las relaciones de verdad y poder (uno de los tópicos que abordamos a través de una breve lectura de M. Foucault). Así, este último encuentro de la trilogía se propuso, en primer lugar, definir el propio concepto acudiendo a una de sus fuentes originales: el bloguero David Roberts en su artículo “políticas de la posverdad”. Allí se definía la posverdad como desconexión entre la opinión pública, las narrativas mediáticas de la realidad y la acción política de las clases dirigentes. En esta triple desconexión, la verdad, en su clásica versión de correspondencia entre lo que se dice, lo que se piensa y la realidad, quedaría en entredicho, pero… ¿hay algo de verdad en la posverdad? Nuestras reflexiones apuntaban a que quizá sí, pero que se trataría de una verdad teñida de emociones y descontextualizada de manera intencionada por quien la emplea, a modo de forma de poner las premisas al servicio de los argumentos. De tal manera, se argumentaba que quizá la eficacia de la posverdad, al margen de su contenido emotivo, podría residir en ese carácter verosímil que le confiere dicha imitación tergiversada de la realidad, más aún en nuestra actual sociedad de las comunicaciones, en las que un discurso descontextualizado rápidamente puede hacerse viral y transmitirse como si de una verdad se tratara.

Nuestro cuestionamiento por la posverdad concluía con interesantes reflexiones que suponían, en cierta forma, colofón y pregunta abierta a esta trilogía sobre política y sociedad, planteándonos si en momentos (puede que como los actuales, a escala global) en los que formas de hiperdemocracias, demagogías, populismos y políticas de la posverdad aparecen como formas de desconexión y simplificación de las relaciones entre verdad y realidad, quizá el criterio más sólido para el pensamiento crítico no esté precisamente en las tradicionales relaciones de correspondencia entre lo que es y lo que se dice, sino en la propia coherencia de lo dicho y lo pensado.

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